Interacciones (2011-2015)

Texto: Javier Vallhonrat, 2015

Organizado en cinco partes, (42ºN, Deriva standard, Registro del margen, Fricción límite y Eolionimia), el proyecto Interacciones ha sido desarrollado durante los numerosos itinerarios que entre 2011 y 2015 Javier Vallhonrat ha llevado a cabo en diferentes nichos glaciares y entornos de alta montaña o climatología extrema en diversas partes del mundo. El artista ha trabajado en estos ámbitos creando imágenes donde se confrotan y friccionan la incertidumbre y la imprevisibilidad con la humana necesidad de control y previsibilidad.

Una de las expresiones del gran proyecto moderno, construido sobre paradigmas de predicción y control, está en el titánico esfuerzo de las sociedades avanzadas por domesticar la naturaleza y sus impredecibles fenómenos con la ayuda de la ciencia y la técnica.

Los modernos sistemas de medida y predicción generan la ilusión de objetivar los fenómenos que actúan sobre nuestro planeta en forma de clima atmosfé­rico y otras manifestaciones, propiciando que complejas redes de proyectos y actividades financieras, industriales y comerciales a escala planetaria, se organicen alrededor de estas predicciones.

Sin embargo, una gran paradoja de la modernidad se relaciona con esa organiza­ción: el alto grado de imprevisibilidad de los fenómenos atmosféricos y geológicos, y las imprevisibles y caóticas consecuencias que las acciones encaminadas a ejercer control en el medio natural, producen en ese mismo medio. El proyecto Interacciones intenta generar un espacio donde se encuentren y friccionen diversas expresiones de nuestro incesante deseo de conocimiento de la realidad con sus límites y dificultades, y la posibilidad de nuevos y paradójicos territorios donde se inauguren otros sentidos, otras experiencias.

Dentro del proyecto Interacciones, Eolionimia se puede entender como una exploración sobre la fragilidad del hombre en entornos de condiciones geoclimáticas extremas, pero también como un cuestionamiento sobre diferentes modos de representación del paisaje. En las imágenes producidas en estos ámbitos se confrontan y friccionan la incertidumbre y la imprevisibilidad con la humana necesidad de control y previsibilidad.

La experiencia del tiempo lento y el espacio incierto de la alta montaña y entornos de condiciones climáticas afines, se dan en un entorno en el que las circunstancias externas propician la emergencia de un estado de vulnerabilidad. De este modo, la percepción de los nichos ecológicos y geoclimáticos de estos entornos, ajenos y amenazantes, se transforman paulatina­mente en percepción de un lugar igualmente vulnerable, en el que conocimiento y experiencia inmediata pueden dialogar frente a condiciones de incertidumbre.


Texto: Santiago Olmo, 2015, para el libro Interacciones, Museo Universidad de Navarra.

El fragmento como paisaje de la fragilidad
Santiago Olmo

Interacciones reúne el trabajo realizado por Javier Vallhonrat entre 2011 y 2014 sobre la experiencia de la montaña, la fragilidad del hombre frente a la naturaleza y las condiciones extremas, pero también sobre los diferentes modos de representación del paisaje.
El inicio del proyecto hay que situarlo cuando Javier Vallhonrat visita la colección fotográfica del Museo Universidad de Navarra en Pamplona en 2010 para participar en el proyecto Tender Puentes y centra su atención en dos fotografías del macizo de las Maladetas, en el Pirineo de Huesca, realizadas por el Vizconde Joseph Vigier tras ascender desde Luchon al Portillón de Benasque a 2440 metros de altitud en el verano de 1853. Estas fotografías pertenecen a un álbum de 38 imágenes que recorren los itinerarios de Vigier por los Pirineos centrales. Se trata de un territorio que JV conoce bien y en ese momento estaba intentando dar forma a un proyecto fotográfico sobre la experiencia de la montaña en condiciones extremas y las fotografías de Vigier son un punto de partida y una posibilidad de dialogar con uno de los primeros fotógrafos que se enfrenta a la montaña desde una experiencia cercana.

Tender Puentes, es un programa de producción, creación e investigación,  impulsado en 2004 desde el Fondo Fotográfico de la Universidad de Navarra y actualmente constituye una de las líneas de acción del museo[1]. El proyecto propone un diálogo entre la mirada fotográfica actual y la fotografía del siglo XIX, con el objetivo establecer una mirada crítica sobre la historia del medio fotográfico. El primer paso es que los participantes visiten y conozcan la colección en Pamplona,  y a partir de obras, autores o álbumes que les interesen o motiven den inicio a un proyecto fotográfico.
En el caso de Javier Vallhonrat, algunos aspectos de su trabajo de finales de los años 90 y primeros 2000, mostraban condiciones de diálogo muy fructíferas y muy sugerentes con la historia de la fotografía. Para el planteamiento de Tender Puentes ya eran muy pertinentes trabajos anteriores a la propia creación de este programa, como la serie Lugares intermedios (1999) que desde la idea de representación a través de la arquitectura profundizaba en los límites de la verdad fotográfica y las posibilidades narrativas de la verosimilitud y lo plausible como formas visuales de la documentación y la ficción. Pero la pertinencia dialógica con el siglo XIX y con la colección fotográfica de la Universidad de Navarra, aparece sobre todo en ETH (2000)[2], un proyecto que versa sobre la ingeniería, los puentes del ferrocarril y el paisaje de montaña y que conecta con uno de los conjuntos de obra más interesantes y sugerentes de la colección: los álbumes realizados por Jean Laurent y José Martínez Sánchez en 1867 sobre obras públicas, puentes, presas, faros, carreteras y líneas de ferrocarril, que serían presentados ese mismo año en la Exposición Universal de París como muestra del avance de la ingeniería y de las comunicaciones en la España de Isabel II[3].
ETH, cuyo título proviene del nombre de la Escuela Politécnica Federal de Zurich (Eidgenössische Technische Hochschule), aborda la ingeniería como una herramienta de construcción del mundo frente a la naturaleza, y toma en consideración los puentes y el trazado del Ferrocarril Rético (Rhätische Bahn), que conecta los aislados valles del cantón de los Grisones entre sí y con el resto de Suiza, y que diseñaron ingenieros formados en esta prestigiosa escuela. Las primeras líneas empezaron a ser construidas en 1890 y el proyecto se fue completando en la década de 1920, caracterizándose por una arquitectura de inspiración romana, al estilo de los acueductos como el de Pont du Gard en Provenza o de puentes como el de Alcántara sobre el Tajo. En los puentes la utilización de la piedra es un elemento estético y práctico: el diálogo del puente de piedra con el paisaje de rocas es muy fluido visualmente y conecta con la arquitectura local, a la vez la piedra se encuentra en las zonas de construcción.
Javier Vallhonrat construye un paisaje dramático y épico, en ocasiones cargado de ecos románticos: la montaña invernal,  sumergida en luces de tonos grisáceos, ofrece un espectáculo casi nocturno, es una naturaleza inquietante. La serie alterna imágenes tomadas directamente en los Alpes con otras de paisajes construidos en minuciosas maquetas.
La naturaleza vuelve a aparece en el siguiente proyecto de Javier Vallhonrat, Acaso (2001-2003)[4] y asume una dimensión experiencial, casi performativa, retomando elementos y aspectos de anteriores proyectos. En esta ocasión hay un intento de trasladar a la acción las ideas. La construcción del mundo aparece como una combinación de planificación desde la idea y fabricación manual. Las imágenes de Acaso tienden a reconstruir procesos elementales de esa construcción, como por ejemplo, a través de la casa o de su idea, visualizada como refugio, cabaña, abrigo o madriguera. Mediante la experimentación, cada imagen resume una acción elemental, la fotografía parece documentar y representar en un fotograma simbólico un proceso, una situación o una condición vital.  En cierto modo la tensión por reunir en un solo instante visual la experiencia vital o la acción y la idea o el plano reflexivo e intelectual, funciona como un hilo conductor que atraviesa todo su trabajo.  Así ocurre también de un modo muy claro en Autogramas (1991) donde la acción de encender una cerilla determina y activa el acto fotográfico, siendo la única luz de la imagen la que emite la corta vida de una sola cerilla.

Entre 2011 y 2013 JV concluye para Tender Puentes el proyecto titulado 42º N, que subraya la situación geográfica del macizo de las Maladetas, objeto del proyecto, e incide en un intenso diálogo con Vigier. Durante el proceso surgirán nuevos temas y cuestiones paralelas dando lugar a Interacciones que se desarrolla en 5 secciones o capítulos cuya realización llega hasta enero de 2015: 42ºN, Deriva estándard, Registro del márgen, Fricción límite y Eolionimia. Cada sección puede leerse de manera independiente pero también como parte de un recorrido en el que hay una estrecha vinculación de fotografía, vídeos documentales y creativos, instalaciones y maquetas[5].
En Interacciones la presencia de Vigier es constante y abre siempre a interrogantes.
Quizás porque Javier Vallhonrat ha frecuentado asiduamente la montaña desde hace muchos años, su mirada se aleja del paisaje para acercarse a la naturaleza, se distancia de una descripción con ambición exhaustiva o de las tentaciones panorámicas de las cumbres. En cierto modo es una fotografía que busca el fragmento mientras rehúye la totalidad. Se asemeja mucho a una conciencia del límite. Límite físico de la experiencia y límite conceptual de la representación.
Javier Vallhonrat no repite los itinerarios de Vigier, sino que dialoga con su mirada. Recorre los lugares que Vigier fotografía desde el Portillón de Benasque: 42ºN se desarrolla entre las Maladetas y el glaciar del Aneto. Vigier contempla pero no pisa. Llega hasta el Portillón de Benasque, frontera entre España y Francia, fotografía en dos tomas el macizo mirando al valle del río Ésera, ya en territorio español, y desciende de vuelta a Francia. En el descenso realiza otra toma antes de alcanzar el Hospice de France.
El camino que recorre Vigier en 1853 hasta el Portillón de Benasque no ha cambiado prácticamente nada desde entonces y la ascensión hasta los 2.440 metros de altitud desde Bagnères de Luchon a 630 metros, punto de partida del vizconde, era una aventura de riesgo en la época. Es un camino por el que con esfuerzo podían subir animales de carga con el equipo fotográfico. Fue frecuentado por comerciantes, por contrabandistas, y en los años oscuros de guerra mundial y post-guerra civil española fue vía de escape para refugiados y perseguidos políticos, aunque en invierno resulta impracticable.
Vigier, desde Luchon, subió también al Coll del Portillón que conecta con el Valle de Arán y desde la ladera española, realiza dos fotografías, una en dirección a Viella y otra hacia Bossòst,[6] pero este camino es más fácil y hoy es una carretera de montaña[7].
La montaña de Interacciones es una metáfora de la fragilidad del hombre ante la naturaleza. La calidad experiencial que posee el proyecto calibra el sentido de las imágenes, y las convierte en lugares de tiempo, en breves poemas visuales que relatan instantes decisivos que son a la vez demasiado banales y fragmentarios como para constituir representaciones significativas de un paisaje que busque la totalidad. Cada fotografía de 42ºN, tienen un título que nombra el lugar así como la precisa localización que ofrece un GPS incluyendo fecha, hora, altitud, longitud y latitud y orientación. Esa precisión aparentemente exhaustiva, expresada con la regularidad de una rima, aparece como un poema científico. Las fotografías eluden el paisaje o lo niegan mediante una meteorología adversa como la niebla que lo esconde. Son instantes fragmentarios o intermedios, no son logros en una ascensión, no son atalayas o miradores, sino suelo, piedra, roca, hielo, niebla, puntos muertos, miradas oblicuas y trasversales.  A pesar de la distancia, el procedimiento es muy parecido a las estrategias de ocultación de Vigier, que titula sus fotos de los Pirineos aludiendo al recorrido y al punto de partida. En ocasiones el motivo es el propio camino.
No decir todo es también la estrategia del haiku.
Lo que convierte al haiku en imprescindible y decisivo es su carácter fragmentario, como un recuerdo.
Por otra parte lo que desencadena el haiku es la emoción ante la contemplación de la naturaleza, pero de un modo en el que hay un acompasamiento de los cambios atmosféricos y meteorológicos con la percepción interior del poeta. El viento, la lluvia, el anochecer, la luna llena, la tormenta, el sol, la nieve, la helada, son elementos cruciales que sitúan al hombre en el mundo, y determinan sus emociones. Es por tanto una naturaleza del fragmento y del detalle, del aquí y ahora, de la climatología. Por ejemplo en algunas ediciones de Yosa Buson (1716-1783) la clasificación de haikus se hace siguiendo el transcurso de las cuatro estaciones.[8]
Lo que queda fuera de plano en las fotografías completa una cierta imagen del paisaje, la mecánica es exactamente como en el haiku: lo no dicho o lo que ha quedado por decir pero que se sugiere a partir de lo dicho, es lo que establece el punto de tensión con lo que aparece.
En 42ºN se impone una centralidad geográfica, la importancia reside en el recorrido, en el itinerario y en el punto de vista. Pero la meteorología, aparece como un catalizador de la fragilidad y de la incertidumbre, poniendo de relieve la importancia del fragmento y lo fragmentario.
En algunas versiones de la poesía de Anacreonte parece aflorar con una sombra de triste melancolía, un cierto espíritu del haiku, esa mirada que contempla meditativa el paso del tiempo en los cambios atmosféricos o meteorológicos. Sin embargo ese es sobre todo el efecto que produce por un lado que los versos que han llegado hasta nosotros sean fragmentos de poemas más largos y en ocasiones su traducción los rehabilita como reinterpretación de otro poeta[9].
En cualquier caso el fragmento adquiere de por sí un grado muy alto de misterio. El silencio o lo que no podemos ya leer ni escuchar transmite sobre todo fuerza poética. Algo parecido ocurre en la fotografía y en cierta manera Joseph Vigier es un fotógrafo que intenta relacionar el fragmento con la totalidad, relega la descripción a un segundo plano y prefiere la poesía y el misterio.
Vigier es un fotógrafo enigmático y su producción no es muy extensa. Tampoco se conocen muchos acontecimientos de su vida. Su abuelo se había enriquecido con la gestión de unos baños flotantes en el Sena, en París y frecuentó el elitista Lycée Henri IV donde fue compañero de Henri de Orleans, hijo de Louis Philippe, el monarca expulsado por la revolución de 1848. En 1851 le visita en Londres, donde la familia vive exiliada y realiza una serie de retratos con poses muy naturales. Antes de esta fecha, en 1850-1851 viaja a Sevilla invitado por el Duque de Montpensier[10], hermano de Henri. Su serie de vistas de la ciudad y alrededores construye un estilo y una mirada insólitas para una época centrada en la necesidad de descripción precisa e informativa de la realidad: en las fotos de Vigier los monumentos pueden aparecer en un segundo plano, a veces casi ocultos por elementos banales. Lo que se fotografía no es el monumento sino otra cosa más trivial pero que se sitúa a la misma altura y consideración que el monumento: una enorme pita oculta parte de los Caños de Carmona, por eso el título de la foto es “Étude d’aloés”; un almacén destartalado y unos árboles se interponen delante de la Giralda por dentro de las murallas del Alcázar, y el título es “Huerta del retiro”; una noria aparece semioculta por unas cañas y unos árboles.[11] El álbum incide en un constante salto entre elementos corrientes, aparentemente sin ningún interés, y el “paisaje monumental” descriptivo y reconocible. Parecería que Vigier tiene una especial predilección por las plantas y los árboles, aún más si estos le resultan exóticos: un zapote (un árbol de origen centroamericano) y un higo chumbo, plantas poco conocidas o nunca vistas en la Francia del siglo XIX, como la pita o aloé. De alguna manera el viaje a España es también una especie de viaje al exótico Oriente, pero situado en un vecino sur.
Cuando en 1853, Vigier viaja a los Pirineos desarrollará y aplicará este planteamiento visual al paisaje estableciendo además la estructura de un itinerario que remite a una experiencia y sigue las rutas del turismo de balneario. Sus imágenes se distancian formalmente de las tomas habituales de otros fotógrafos. Durante la década de 1850 varios fotógrafos se establecen en la región atraídos por una importante afluencia internacional de turistas y residentes a los balnearios pirenaicos. Se les conocerá como la Escuela de Pau, y entre otros formarán parte del grupo James Stewart, Farnham Maxwell-Lyte y Jean Jacques Heilmann[12]. Al fotografiar todos ellos los mismos lugares y seguir los mismos recorridos más o menos en los mismos años, es posible establecer interesantes contrastes y paralelos.
En ninguna fotografía de Vigier aparecen personas. Mientras James Stewart en una fotografía del “Chaos de Gavarnie”, un amasijo de grandes rocas sobre el camino, sitúa a un hombre que permite referenciar una escala para las gigantescas rocas; Vigier, con el mismo encuadre presenta solo las rocas, creando una extraña sensación, como si estuviera apuntando a la reflexión paradójica de John Ruskin: “Cuando se examina una piedra se descubrirá una montaña en miniatura” / “For a stone, when it is examined, will be found a mountain in miniature […] “[13].

Los caminos hacia Gavarnie de Vigier son solitarios, los paisajes adoptan un carácter agreste entre lo trágico y lo siniestro, todo es brutalmente inhóspito, pero eso les otorga una tonalidad misteriosa. Por otro lado el gran paisaje se diluye muy a menudo en detalles banales, recodos del camino que evocan la atmósfera del itinerario. Sorprende la fotografía que lleva por título “Pont de l’Ardoise pris en revenant de la cascade des Parisiens à Luchon / Puente de la Pizarra tomado de regreso de la cascada de los Parisinos” y que representa un modestísimo paso sobre un torrente, hecho con gruesas ramas y recubierto de grava y piedras.
Unos años después, Hippolyte Taine publica el libro Viaje a los Pirineos que resume leyendas y acontecimientos histórico, relatos de las primeras ascensiones a los picos más altos, pero también satiriza a los diversos personajes que ya configuran un abigarrado universo turístico. Tras convertirse en un gran éxito de ventas, el libro en 1860 ya en su tercera edición, incluye numerosos grabados de Gustave Doré, algunos de los cuales aparecen copiados del álbum de los Pirineos de Vigier, porque coinciden tanto los encuadres como las luces y los sombreados. Sus fotografías mantienen siempre un halo de suspense y misterio que se acopla bien a la tendencia a la invención exagerada y romántica de Doré[14].

En Interacciones la mirada asume un cierto estilo documental para subvertirlo, incidiendo en el fragmento, dialoga con la poesía y especialmente con el haiku, en estrategias de ocultación mediante la meteorología, pero sobre todo construye un itinerario de experiencia, que conecta su trabajo tanto con los aspectos preformáticos de Richard Long y el Land-Art, como con estrategias conceptuales.

Deriva estándar amplia la idea del itinerario mediante la incertidumbre que en condiciones extremas representa la señalización de los hitos de piedra que los montañeros fijan en los caminos. La insistencia en las condiciones meteorológicas adversas sitúa la experiencia del paisaje en un instante de reflexión dramática en la que, como en la contemplación romántica de la “ruina”, aparece la fragilidad ante la naturaleza, pero también la idea de la muerte. Los hitos se convierten en una señalización expresiva y (des)orientativamente poética.
Registro del margen asume el estilo de una precisa documentación de refugios naturales, vivacs, que se encuentran entre las rocas y han sido utilizados por montañeros y por pastores. Los vivacs en un momento de adversidad meteorológica extrema pueden significar la vida frente a la muerte.

El interés de J. Vallhonrat por la construcción de la casa en proyectos como Acaso o Lugares intermedios, asume aquí la dimensión de búsqueda del abrigo originario, la cueva primigenia, el antecedente de la cabaña.
Fricción límite aborda la catástrofe en la montaña que encarnan los aludes y las grietas en el glaciar así como la incertidumbre de los métodos de predicción y prevención. Esta serie conecta fotografías del efecto de los aludes con otras de las catas que se realizan en las laderas nevadas para predecir su probabilidad a través del análisis de las diferentes calidades de estratos de nieve, con un video que reproduce las posibilidades del alud según la calidad de nieve en el marco de un experimento más conceptual que científico.
Vigier en su álbum de los Pirineos incluye una fotografía que muestra los efectos de un alud sobre un camino: Chemin tracé par l’avalanche dans la forêt de Saint Just que l’on traverse pour aller aux Parisiens y muestra un camino de montaña arrasado. Es probablemente la primera fotografía de aludes de la historia.
Eolionimia
se abre geográficamente a otros lugares , ya no solamente montañosos e incluso de manera imaginaria (Islandia, Noruega y el Ártico) para detenerse en la complejidad de la experiencia de la meteorología como una ciencia de la predicción y de la incertidumbre, pero además como una experiencia que determina de manera muy intensa y profunda la vivencia poética del paisaje.
Eolionimia expresa ya en su título una metáfora de la meteorología, “el arte de nombrar los vientos”, al modo de un poema que corresponde a la latitud norte, a las geografías climáticamente más adversas, para rendir tributo a los científicos noruegos que desde el Instituto Geofísico de Bergen, fundado en 1917, abrieron paso a la meteorología moderna. Su director y fundador Vilhelm Bjerknes lideró un equipo de físicos y científicos entre los que se encontraban Tor Bergeron que plantea la existencia de masas de aire de diferentes temperaturas y su propio hijo Jakob Bjerknes creador de la teoría del frente polar y del modelo de ciclones que integra el frente frío y el aire caliente. Plantearon que la meteorología es un problema físico y que, por tanto, deben ser aplicadas las leyes físicas a este campo de estudio, indicaron la necesidad de desarrollar una extensa red de estaciones de observación con informadores voluntarios y locales que transmitieran los datos observados telegráficamente, y propusieron nuevos modelos de transcripción de los fenómenos así como la inclusión de la orografía en los mapas.[15] Sin embargo Eolionimia es sobre todo un ensayo de vinculación de la ciencia, como ámbito de creación especulativo-experimental, con la poesía, a través de la figura de Kåre Aarset, ejemplo de personalidad del grupo de la Escuela de Bergen que frecuenta cabañas de observación meteorológicas en lugares apartados de Islandia donde en paralelo a sus observaciones científicas, escribe poesías (en un tono entre el haiku y la poesía de la Edda Mayor)[16], desde una aguda percepción que valora las variaciones atmosféricas como metáforas de la vida.
Kåre Aarset encarna la lucidez poética, Vigier representa la claridad de un proyecto visual.
Eolionimia incluye fotografías de tormentas, icebergs y auroras boreales, que van tituladas con extractos de poemas de Kåre Aarset.

Durante el proceso de trabajo, recibí un e-mail de Javier Vallhonrat donde resumía  algunos datos de la vida de Kåre Aarset junto a algunos poemas que serían títulos de las obras:
“Eolionimia tiene como eje la creación de un personaje, Kåre Aarset. Nacido en 1906 en Lonevag, en Hordaland, al norte de Bergen, creció trabajando con su padre en la carpintería local. Poeta aficionado,  viajó desde muy joven en las largas temporadas invernales con esquís y pulka como medio de locomoción, recorriendo amplias zonas del macizo de Jotunheimen, al noreste de Bergen. Este macizo  (su traducción es Casa de los Gigantes)  recibe su nombre de la morada sagrada de los gigantes que aparecen en las Eddas islandesas.  Posteriormente trabajó en Islandia como carpintero en Akureiri, al norte de la isla, a la vez que colaboró en el Cuerpo de Observadores Meteorológicos Voluntarios, adscrito al Instituto Geofísico de Bergen. Una de las peculiaridades del sistema del Instituto, fue la creación de un cuerpo de Observadores Meteorológicos Voluntarios. Eran reclutados entre personas que habitaban en lugares remotos o de difícil acceso, y que estaban habituados a moverse en condiciones geoclimáticas extremas. Recibían una instrucción básica para después enviar datos de mediciones in situ y en tiempo real por telégrafo. Como dato curioso, AEMET[17] ha conservado esta tradición, y las catas de Friccion límite han sido realizadas con ayuda de Observadores Nivológicos del Valle de Benasque.
La cabaña que ocupó en 1929 Kåre Aarset al sur de Akureiri en las laderas de Hlidarfjall, desde donde escribe sus Poemas desde el glaciar, se inscribe en la tradición de aislamiento y contacto con la naturaleza de numerosos poetas escandinavos, y adquiere especial sentido a la luz de la influencia del haiku en una parte de la poesía escandinava. No pienso sólo en poetas como Hans Börli (leñador y poeta), Inger Hagerup o Rolf Jacobsen entre otros muchos, sino incluso en el sueco Tomas Tranströmer, quien entre su producción literaria cuenta con una cantidad importantísima de haikus. Tranströmer estaba  fascinado por la arqueología, las ciencias naturales, la geografía y la vida de los exploradores.  En este contexto nace el documental Kåre Aarset (The poet) en el que se documenta cómo soy guiado y transportado en moto de nieve a una cabaña, conocida como La cabaña de los poetas, a las afueras de Akureiri, donde pretendo permanecer tres días, emulando a los poetas escandinavos de las cabañas y a los clásicos japoneses, confiando ingenuamente en predicciones meteorológicas obtenidas por Internet.
En los fragmentos de poemas inscritos en las fotografías de Eolionimia, (ya no son datos científicos, sino poéticos) ficciono la experiencia de asombro y sobrecogimiento poético ante la brutal naturaleza que Kåre Aarset recorre y experimenta. Firmados Kåre Aarset (Dikt fra den bree, 1929) el lenguaje busca la forma y el sentido poético del haiku, tomando forma ante la fuerza imparable, brutalmente bella, de la presencia de estos simbólicos  gigantes.

Te adelanto aquí algunos:

Insondables y ocultos, oscuros gigantes esperan la noche.

 Ruges sin eco, azul de sombras, y no cesas en tu avanzar imparable.

 Anciano y helado acompañante, largo tiempo he escuchado tu paciente voz. 

 Indiferente a todo, olvidado tu origen, me envuelves, violento y blanco.             Errante, alumbrado en desatinadas álgebras, recitas secuencias de vértigo y memoria. Ocultas tras densos velos tu ártico rostro!”

Al leer estos versos es inevitable la evocación de la fragilidad que se siente en el interior de una cabaña de madera frente al rugido del viento y con la vista puesta en el inmenso glaciar. De nuevo, como en Acaso, aparece la idea de la cabaña, pero más allá de un refugio o de una idea de casa, la cabaña aparece como espacio de la poesía, y como lugar desde donde observar la naturaleza.

Desde la cabaña de Kåre Aarset Interacciones aparece como un dispositivo de diálogos visuales que reformula el modo de relacionarnos con la naturaleza, empleando la ciencia y la poesía.

[1] Una selección de proyectos de Tender Puentes fue presentada con el título de Profecías / Prophecies en 2009 en las Salas de exposiciones de la Universidad de Salamanca, y posteriormente en 2010 en el Museo de la Ciudad de Madrid dentro de Photoespaña y en el MuVIM de Valencia. Además para cada proyecto de Tender Puentes se publica un libro que recoge la experiencia y el proceso de cada artista así como sus reflexiones.

[2] Javier Vallhonrat – Obras 1995-2001 – Cultural Rioja 2001

[3] Sobre la estrecha relación entre ingenieros y fotógrafos en el siglo XIX, ver el artículo de César Díaz-Aguado, La fotografía de obras públicas, carreteras, puentes, faros y caminos de hierro (1851-1878) en De París a Cádiz. Calotipia y colodión. Museu Nacional d’ Art de Catalunya y Fondo Fotográfico Universidad de Navarra 2004. pág 142/ Photographs of public works, roads, bridges, lighthouses and railways (1851-78) in De París a Cádiz. Calotipia y colodión. Museu Nacional d’ Art de Catalunya y Fondo Fotográfico Universidad de Navarra 2004 p. 235

[4] Javier Vallhonrat. Acaso. Sala de Exposiciones del Canal de Isdabel II. Comunidad de Madrid. Photoespaña 2008 /La fábrica.

[5] Las maquetas en la obra de JV han desempeñado una función instrumental como modelos para ser fotografiados. Además construir es una fuente de conocimiento que reverbera en la propia representación.

[6] Vicomte Joseph Vigier – Voyage Dans les Pyrénées. Texto de Larry Schaaf y Russell Lord. Publicado por Hans P. Kraus Jr. Sun Pictures Catalogue Sixteen. New York 2007.

[7] La inscripción de la fotografía del Valle de Bossost señala como localización: “Vallée de Bosost prise de la Capilla San Antonio, Frontière Espagnole”. Archivo digital Metropolitan Museum New York.

http://metmuseum.org/collection/the-collection-online/search/289472?rpp=30&pg=1&ft=joseph+vigier&pos=18

[8] Yosa Buson. Selección de jaikus. Traducción de Justino Rodríguez, Kimi Nishio y Sheiko Ota, Hiperión, Madrid 1997
Collected Haiku of Yosa Buson. Translated by W.S. Merwin and Takako Lento. Cooper Canyon Press, Seattle 2013.

[9] Es muy interesante comparar las traducciones que actúan como reinterpretación poética, y las traducciones filológicas que tienden a la literalidad del fragmento.

[10] El Duque de Montpensier, Antonio María de Orleans estaba casado con Luisa Fernanda de Borbón, hermana de Isabel II y fue nombrado por ella Infante de España. El matrimonio vivía en Sevilla en la Casa de Pilatos.

[11] Ver Rafael Levenfeld / Valentín Vallhonrat, El mundo al revés. El calotipo en España, Museo Universidad de Navarra, Pamplona 2015, pág. 18-19. En esta publicación se reproducen todas las vistas del álbum de Vigier en páginas 121-133 y 192-194.

[12] Paul MIRONEAU, Christine JULIAT, Lucie ABADIA, Pyrénées en images. De l’oeil à l’objectif. 1820-1860 (cat. exp.), musée national du Château de Pau, 1996

[13] Citado por Anthony Lacy Gully, ” Sermons in stone : Ruskin and geology “, John Ruskin and the Victorian Eye, New-York, Harry N. Abrams in association with the Phoenix Art Museum, 1993, p. 162.

[14] El macizo de las Maladetas que aparece completo en grabado de Doré, está copiado de una fotografía de Farnham Maxwell-Lyte, datada hacia 1860.

[15] Manuel Puigcerver, La escuela Noruega de Mateorología: una ojeada retrospectiva. Acta Geològica Hispànica. Homenatge a Lluis Solé i Sabaris., t.14 (1979) págs. 54-59.
http://revistes.ub.edu/index.php/ActaGeologica/article/viewFile/4880/6419Robert Marc Friedman, Appropiating the Weather. Vilhelm Bjerknes and the Construction of a Modern Meteorology. 1989 Cornell University

[16] Edda Mayor, traducción del islandés y edición de Luis Lerate. Alianza Editorial, Madrid 2000 / The Poetic Edda, translated by Lee M. Hollander. University of Texas Press, Austin 1962-2011.

[17] AEMET: Agencia Estatal de Meteorología


Cuaderno de Campo

Texto por Javier Vallhonrat

15 junio 2011.

Primer día del proyecto, 18:30 h.  Aunque es Junio, estamos a 2.200 metros a los pies de un valle glaciar, y la temperatura baja mucho. He decidido incluir un vídeo en el  proyecto. Entre un plano y otro, el operador  Juan Ortiz se da cuenta de que Concha, para combatir el  frío, se ha puesto una chaqueta que rompe el raccord y se lo señala. Concha pregunta: “¿pero no es un documental?”. Se hace de noche, vamos a meternos en las tiendas.  Antes grabamos: el juego de encender y apagar los frontales, hacer una acción varias veces, tomar un pequeño detalle…  Todo esto le parece algo de ficción, totalmente irreal.

Me quedo pensando en que obligamos a la realidad a adaptarse al lenguaje para que el relato adquiera un carácter verosimil, y también que confundimos la realidad con el trocito de la misma que cabe en el lenguaje: la realidad nos muestra lo que necesita la mente para querdarse conforme.

16 junio 2011.

Estamos sonados de haber dormido poco. Es aún de noche y salimos con los frontales encendidos. El aire está helado, el cielo empieza a hacerse de cristal transparente y caminamos siguiendo el pequeño escenario circular que dibuja el frontal en el suelo. La luz ambiente va creciendo y todo cambia rápidamente. La magia del amanecer en esa montaña negra salpicada de manchas blanquecinas se mezcla con el frío y la sensación de sueño y cansancio. Todo es extremadamente bello,  la incomodidad corporal intensa. Te disocias: el alma va por un lado, el cuerpo va por otro.

Es nuestra primera subida hacia el Glaciar de Maladetas, buscando el Portillón Superior por un pedrero inmenso manchado de nieve antigua, extrañamente amarillenta y mineral. Llevamos tres horas subiendo, cada vez hay más nieve y esto no se acaba nunca. Nos cruzamos con unos que dicen que vienen del Glaciar de la Maladeta. Por el cambio de  inclinación tan fuerte, desde mi perspectiva las personas han emergido de un vacío blanco, de la nada. Detrás de ellos sólo veo una enorme rampa de nieve sucia que se acaba en un cielo gris pálido, y me imagino el glaciar abrumadoramente grande, una nada blanquecina interminable.

Llegamos al  Portillón Superior. Juan, agarrado a la pared de roca, se asoma al Glaciar de Aneto. Desde la altura del Portillón, es una realidad de otras dimensiones. Concha baja la primera.  Es nieve vieja, hace frío y está dura como la piedra, y aunque llevamos crampones la cosa no admite despistes. Me siento tenso y prefiero no mirar hacia el vacio que se intuye abajo. A mi vértigo se suma el peso de la mochila y mi torpeza de primerizo. Las grietas entre la nieve y la roca son profundas, no se ve el fondo, y eso aumenta la sensación de amenaza y vulnerabilidad.

Nos adentramos en el Glaciar de Aneto siguiendo la huella de la gente que ha pasado ya. Hace viento y las nubes juegan a tapar y a descubrir el sol. Noto cansancio; llevamos cuatro horas cargando con el equipo, buscando una foto, y yo no veo más que nieve, rocas, y manchas de luz que van y vienen caprichosamente  recorriendo la abrumadora extensión: empieza a invadirme la frustración.

Hacer fotos con una cámara de placas montada en un trípode en alta montaña lo ralentiza todo, le quita la adrenalina, altera el ritmo. El propósito de llegar a una cumbre, o de terminar una travesía, o de alcanzar un lugar señalado es sustituido por una voluntad de observar lo que te rodea lentamente,  y de escucharse a uno mismo con atención.

Parece que la experiencia de ir avanzando poco a poco, caminar y parar y volver a avanzar constituye en sí un lugar; es el nicho necesario donde pueden surgir oportunidades, y parece que ralentizar la marcha permite dar prioridad a la percepción atenta de la topografía, a los agentes meteorológicos, a la luz tan especial y cambiante, a las relaciones que se establecen entre todos estos elementos. A Concha y a Juan les toca lo peor: parar, esperar  a que yo busque algo que ni yo mismo se qué es, verme mirar, dudar, guiñar los ojos, resoplar y volverme a poner en marcha. Con suerte, saco el trípode y monto la cámara. Este ritmo, tan desesperantemente lento, va tiñendo la ascensión de una cualidad flotante. Los pequeños cambios que se dan ante nosotros van cobrando relieve y adquieren presencia, y nos vamos instalando en un estado de receptividad acrecentada. Me siento como una especie de sismógrafo impersonal cuyo único contenido es un conjunto de patrones, mezcla de constancia y cambio, al que yo llamo proyecto.

Pasa el tiempo, y a medida que las sombras se alargan, empiezo  a animarme.

Mientras, ya tarde y de vuelta hacia el Portillón,  hago la primera foto del proyecto, Juan graba un plano a través del cristal esmerilado de la cámara 9 x 12. Me dice: “Parece una imagen sin objeto; es como si antes de que la imagen exista, te parases ahí, en lo previo a la imagen”

17 septiembre 2011.

Hoy descubro una nueva evidencia: para trabajar en altura con la luz del amanecer, lo más sencillo es domir arriba, así que nos toca subir a Concha y a mí con las mochilas llenas a reventar. Plantamos la tienda en un hueco que parece cortado a medida, aunque hay que sacar con el regatón del piolet algunos pedruscos que sobresalen de la tierra.

Nos levantamos aún de noche, a las 06:30. Apenas la claridad aumenta, ya estoy buscando un sitio que localicé al subir. Es un conjunto de rocas enormes, con unas caras oxidadas y las otras manchadas de líquenes verde-amarillos. Forman una rampa que desciende abruptamente sobre el enorme canchal de piedra fragmentada, un caos formidable que termina al fondo en un embudo estrecho que se va haciendo cada vez más vertical, flanqueado por macizos de granito gris y rosa.

Noto que mi nivel de atención está al máximo. El suelo está complicado, y me divido entre dos dificultades: moverme con el trípode y la cámara y rastrear la correspondencia entre los patrones internos que definen el proyecto y los muchos elementos que se relacionan ahí fuera.

Miro hacia el este, y la claridad atraviesa el aire húmedo dándole en la distancia una consistencia lechosa. Siento que  la cosa se está acercando, y hago dos tomas justo antes de que el sol que ya asoma sobre la cresta clave un cuchillo de luz en el objetivo.

Escondemos la tienda y todos los enseres en un lugar discreto pero reconocible y tiramos para arriba, hacia el glaciar, con lo mínimo indispensable para no cargar con mucho peso. Al cabo de una hora, me encuentro por primera vez con el borde del glaciar,  el límite de un ser arcaico, totalmente desnudo. Hielo y roca; un lugar inquietante, geológicamente vivo. Pasamos allí mucho rato. El sol no se esconde y la luz que necesito para trabajar no se decide a aparecer, así que bajamos callados y sin hacer más fotos.

08 octubre 2011.

Son las 11 de la mañana; la idea esta vez es dormir en la tienda al pie del glaciar de La Maladeta, por encima del Collado de Paderna. El arranque se está haciendo lento; si la organización de una mochila de montaña para una travesía un poco larga ya es compleja, al sumarle la que requiere un equipo de cámara de placas, el asunto se convierte en un puzzle.

A medida que preparaba el proyecto, entre 2009 y 2010, fuí aprendiendo. Antes de iniciar Interacciones, empecé subiendo a Picos de Europa  con un trípode de metal de tres secciones: demasiada ignorancia y demasiados kilos de hierro. Después vino el trípode de carbono, la cabeza de magnesio, los crampones de aluminio y me volví un maniático del peso. Ahora no subo sin antes haber pesado todas las mochilas. Intento que nadie suba con más de 12 kilos de peso cargados a la espalda, pero eso no es fácil.

Hacer mochilas te enseña mucho. Aquí subes con todo lo que vas a  necesitar, porque no hay donde conseguir nada. Aprendes que con el paso de las horas, todo pesa más. Así es como ahora conozco mejor el valor de la palabra imprescindible. No puedes olvidarte de nada, no puedes llevar nada que no necesites de verdad. Subes la ropa que te pondrás cuando estés arriba, porque a 1.700 metros, en junio puede hacer tiempo de verano, pero a 3.000 metros o más, el frío y el tiempo  pueden ser invernales; tiritas para las ampollas, vendas, navaja, gafas, guantes, agua, comida, frontal aunque no tengas previsto pasar la noche, las gafas de vista cansada, un plumas por si las moscas… Eso si no subes la tienda; entonces sí que es la muerte.

Ya ha empezado a nevar en la cota de los 2000 metros y mas allá del Ibón de Paderna no podemos evitar hundirnos y el avance se vuelve penoso. Hoy nos acompaña Xacobe González, que hará de guia  en gran parte del proyecto. Además de conocer de memoria el terreno, nos ayuda con el equipo. Todo un lujo!!!

A medida que subimos, en medio de este mundo mineral y nevado, lo único animado que percibo en el campo visual son los pequeños líquenes verdoso amarillentos formando mapas de apariencia fractal, bloques de esquisto de óxido naranja y rojo, coronados por hitos que asoman entre la niebla que cubre la inmensa morrena; un diálogo silencioso entre caos y orden, entre incertidumbre y certidumbre.

Al coronar el repecho del Collado, vuelvo a armar la cámara porque el lugar y la luz son perfectos. Doy vueltas como los perros que rastean olores. Son las 16:30 y busco algo que aún no sé cómo es, algo que no comprendo bien. Concha, que me vé moverme, intuye que ahí hay para rato, y decide buscar dónde montar la tienda.

De vez en cuando me detengo, planto el trípode, y miro por la pequeña Canon G12. La uso de visor y de fotómetro, aunque antes de echármela al ojo ya intuyo que  lo que ha hecho que me detenga se corresponde con ese complejo entramado de patrones formales, sensoriales, emocionales, metafóricos y conceptuales a los que yo llamo proyecto.

Cuando, ya oscuro, llegamos a la tienda,  Concha me dice que mis movimientos le recuerdan a una mosca moviéndose; no se puede predecir hacia dónde voy a echar a andar; no lo sé ni yo. Riendo, comenta: ” se pudiera grabar tu rastro sería un garabato absurdo”. Cenamos espaghettis a la luz de las estrellas. No hace aire y se está bien.

09 octubre 2011.

Madrugamos para intentar otra foto en la Crencha de los Portillones, ésta vez al amanecer, con las placas de granito y liquen verde del Collado de Paderna en primer plano. No se ven nubes, y hago una toma antes de que salga el sol, pero no me satisface. Al cabo de un rato empieza a aumentar la nubosidad, y decidimos subir por encima del Diente de la Maladeta, donde se adivinan seracs y hielo glaciar. Desde donde estamos impresiona por lo vertical de la pared noroeste de Maladetas y por las sombras azuladas en las que está envuelto el conjunto.

A medida que Xacobe y yo subimos, la nieve está más dura, y las rocas se ponen peligrosas. Demasiada poca nieve para crampones, suficientemente dura para que resbalemos. Pensábamos que el aumento de la temperatura por el avance del día nos ayudaría, pero no es así: seguimos en la sombra, la altura que ganamos compensa con creces, y las placas están heladas. Al cabo de una hora de trepar y resbalar,  hemos avanzado muy poco, y queda mucho por recorrer. El viento hace bailar las nubes en el cielo,  y la luz tampoco acaba de ponerse bien así que miro el hielo del glaciar y los paredones verticales, y me despido. Le digo a Xacobe: “Hoy la frustración va pesar más que la mochila, que ya es decir”.

Al bajar, voy haciendo cálculos que me inquietan: en cinco días trepando y cargando con el equipo he disparado seis fotos, tal vez dos o tres me interesen. ¿Cuantas veces voy a subir aquí para hacer todo el proyecto: cincuenta, setenta, más?.

Me empiezo a calmar cuando pienso en una palabra mágica: renunciar. Cuando empecé  a mirar las fotografías de Fenton y de Vigier, ya  me venía a la cabeza la idea de renunciar. Esos pioneros supieron renunciar a sacarlo todo, a saturar sus fotos de información, de hechos. En sus fotos había mucho vacío. Trabajando con la cámara de gran formato aprendes a renunciar a disparar mucho. Es así que me ha dado por pensar que en un lugar y en momento dados, existiendo infinitas posibilidades de tomar fotografías, hacer una sóla fotografía, tiene el valor de renunciar a infinito menos una posibilidades. Visto así, puedo sentirme más tranquilo cuando llegue abajo sabiendo que en lugar de no haber hecho ni una sola imagen, habré renunciado a hacer infinitas fotografías. La montaña puede ser un buen sitio para aprender a renunciar.

22 octubre 2011.

Hemos decidido cambiar de estrategia y buscar un terreno más amable que el de Paderna, para acercarnos todo lo posible al glaciar sin irnos parando cada cinco minutos. Salimos Xacobe y yo bien temprano cargados como mulas y entramos en el valle de Barrancs, remontando hasta el Ibón del Salterillo sin parar.  Escondemos el material que no vamos a necesitar al pie del ibòn y subimos al encuentro del hielo azul y gris. Un sarrio nos da la bienvenida a su territorio, vigilándonos desde un gran bloque plano por encima del ibón.

La subida es muy directa, por una canal encajonado en la que vamos encontrando restos de glaciar desprendidos hace años, fragmentos enormes de hielo pétreo, tallados a lo largo de miles de años, con trozos de granito incrustados. Sobre estos fósiles restos comienzan a posarse copos de nieve, delicados e indiferentes. La luz es mortecina, homogénea,  perfecta. El resto del gélido dia,  las condiciones de luz no acompañan. Volvemos al ibòn sobre las 18:30h, y montamos la tienda con rapidez,  escarchándose en instantes. Esta noche rondaremos  los siete grados bajo cero. Yo estoy tiritando, y Xacobe hace un té para mitigar el cansancio y el frío. Sobre las 20:00h ya estamos metidos en los sacos.

 

23 octubre 2011

Está amaneciendo cuando salimos de la tienda. El termómetro marca cuatro bajo cero. Desayunamos, desmontamos y escondemos de nuevo todo lo que no necesitamos subir. El itinerario que vamos a hacer hoy ya había comenzado anoche. Siempre es así: revisar el equipo, buscar referencias útiles. Intento despejar incógnitas, cosa dificil: con el tiempo voy aceptando que debo  incluir márgenes de incertidumbre cada vez más amplios. En ocasiones pregunto por referencias, y me recomiendan lugares desde donde se ven perspectivas y paisajes bonitos o fenómenos naturales espectaculares, algo que garantice que el esfuerzo va a valer la pena, que no vas a volver a casa con las manos vacías. Nada que ver con lo que busco; voy comprendiendo que tengo que moverme con más autonomía en ese territorio, y que el acompañamiento de las personas que me ayudan es fabuloso en la medida en que aceptan mis incertidumbre, mis dudas, mis esperas o mis prisas como parte de un proceso del que no  les puedo contar mucho.

Xacobe y yo no conseguimos dar con el itinerario que seguimos el dia anterior para bajar del glaciar, por lo que decidimos entrar por una lengua de roca rodeada de hielo zigzaguante que habíamos visto el dia anterior  desde arriba. Difícil y lento, pero vale la pena. Nos topamos con varias perdices nivales, en esta época del año completamente blancas.

A la bajada encontramos el itinerario del día anterior, así que  enfilamos la canal marcándola con hitos por si volviésemos a necesitar encontrarla. Miramos los hitos que colocamos desde varios ángulos, para que no sólo nos resulten útiles a nosotros. Llegando al ibòn volvemos a ver al sarrio, que debe venir a despedirse, quedándose tranquilo de que abandonemos su territorio. Que lo disfrute.

29 octubre  2011

Esta vez somos cuatro,  y tenemos màs días por delante, por lo que hacemos base en el refugio de La Renclusa. Subimos al Collado de Paderna después de habernos descargado de parte del peso en el refugio. Juan Ortiz decide esperar debajo de la empinada rampa final antes del Collado para grabarnos a la bajada. Arriba, encuentro oportunidades: la niebla está engullendo la pared de la Tres hermanas de Paderna, juguetea por el canchal que hay debajo…  El esquisto, infinitamente fragmentado es un jaspeado de gris, marrón y blanco, limpio y sucio, ordenado y caótico.

Estoy en un balcón privilegiado para ver el paisaje, pero también para eludirlo. El paisaje desde aquí implica dominar un “aquello”,  formalizar una relación de poder. Es lo contrario de un itinerario. Lo que busco en la montaña es la experiencia del itinerario: un relato de continuidad que se narra a través de los fragmentarios eventos que acontecen.

Buscar que el paisaje se produzca exije distanciarse del terreno donde éste se configura, alejarse de la experiencia. Un paisaje es siempre convertir la experiencia en objeto de mirada, pasar de la experiencia a la cosa estética, de lo dinámico a lo estático. Al desplazar mi atención al caminar y al itinerario, ésta se mueve siguiendo la línea del tiempo en un presente contínuo, y lo que solemos denominar como “paisaje”, por muy grande que pueda ser,  se reviste de la cualidad incorpórea del punto, un fragmento estático,  infinitesimalmente pequeño, de una experiencia inabarcable. El proyecto  como un terreno en el que perderse haciéndose siempre en un presente contínuo. Al final las imágenes que hago en este territorio, serían la metáfora de esta experiencia.

Llegamos al refugio ya anocheciendo, màs o menos a las 19:00h.

30 octubre 2011

Hoy salimos hacia el Salterillo por el Collado de Renclusa a las 07:00. Somos cuatro. Nos cruzamos con otro grupo, más grande y  algo perdido, y Xacobe aprovecha para guiarles hasta casi tocar el glaciar. Nos conviene a todos porque ya hay mucha nieve y abrir huella es penoso, y nos turnamos. Los hitos que pusimos la vez anterior nos vienen muy bien para encontrar el canal diagonal de entrada en el Glaciar. Desde ese ángulo, en invierno, y si el cielo no se cubre, tienes un sol rasante en la superficie del glaciar que ese día aprovechamos para que Juan Ortiz grabe los planos que necesitamos para los vídeos. Yo hago fotos de un pequeño alud en el glaciar, y Juan consigue unos planos deslumbrantes gracias a una luz espectral,  acariciante y mortecina.

Desde donde estamos, la perspectiva achata su cima puntiaguda, y el Aneto parece una inmensa colina de 3.400 metros de altura. Sólo cuando ves bajando de su ladera puntitos minúsculos te das cuenta de que esa colina casi amable es un monstruo gigantesco. Desde la distancia Juan nos ve a Xacobe y a mí siguiendo itinerarios en círculo y otras figuras caprichosas;  no entiende a qué responden nuestros movimientos. Parecemos muñecos deambulando por un universo blanco: a mi errabundeo habitual, se suma la precaución con que Xacobe pisa el terreno. No es cuestión de caer en una grieta mal tapada por la nieve. El descenso lo hacemos con mucho cuidado, Xacobe tanteando con el bastón; estamos en una zona delicada, pues la nieve de octubre aún no ha cubierto de forma consistente las grietas del glaciar.

La vuelta la hacemos con el cielo muy tapado, hasta que, llegando casi abajo,  en el Plan d’Aigualluts, se abre una ventana de luz en el Portillón de Benasque. Parece algo bíblico, como una ilustración de Gustave Doré, como una puerta a otra dimensión. Juan dice: “Ahora o nunca”. Es lo que necesitamos para grabar el lugar desde donde Vigier tomó sus fotos, y decidimos quedarnos.

Está anocheciendo y estamos reventados, y Xacobe y Concha deciden volver al refugio por el Collado de la Renclusa, llevándose parte del material. Antes de irse, les pido que me indiquen cómo volver porque no conozco el camino. La explicación no me queda nada clara; Xacobe nos dice al alejarse:  “Vosotros guiaros por lo más evidente. No tiene pérdida. Seguir vuestra intuición”.  Grabamos y grabamos y se nos hace de noche. Juan lleva un frontal que no funciona, y el mío no es ninguna joya. Pienso en la frase de Xacobe, pero nada me parece evidente. Yo busco hitos, o marcas, pero no encuentro nada, así que damos un montón de traspiés. Poco a poco, me parece que voy entendiendo que el terreno no basta con mirarlo; hay que caminarlo, precisa del cuerpo en el tiempo para ser experimentado con profundidad, de hecho sólo existe cuando es experimentado. Dejo que el cuerpo se encargue; parece que sabe de lo grande y de lo pequeño, de lo ligero y de lo denso. Su lenguaje es el de la sensación hecha símbolo: el cuerpo sabe de huecos y protuberacias, de rampas y obstáculos, de tropezones y de avanzar,  de frío, de dolor de rodillas, de falta de aliento, de peso,  de sudor y  de lengua reseca.

Después de muchas dudas y de seguir nuestra intuición, al final llegamos.

1 noviembre 2011

El día empieza con retrasos y con mal ambiente. Cansancio, quejas, mosqueos… Hace ya un par de dias que andamos por aquí. Nos acostamos agotados y al levantarnos, las botas siguen mojadas del día anterior. Nos dirigimos otra vez hacia Barrancs. La mañana es oscura,  fría, y está lloviendo pero los manchones de nieve y la niebla son tan especiales que se me pasa un poco el mal humor. Entramos en el caos de Barrancs, sumergido en una penumbra sin límites definidos. De cuando en cuando se distingue algún hito. Parecen un poco inútiles, pues en cuanto te alejas de ellos te encuentras de nuevo perdido en la niebla. Este sitio gris, infinito, se disuelve en una atmósfera de fondo marino. Da igual hacia donde mires, no se atisba ningún límite.

La falta de horizonte genera una atmósfera inquietante. En un paisaje, observado o representado, el horizonte cristaliza, mientras que al caminar la experiencia de lo cambiante devuelve al horizonte su cualidad líquida e inalcanzable. Al igual que los fluidos, el horizonte adquiere la forma sólo en el momento en que se lo representa, como los mares del norte en las pinturas de plomo y encaje  de Thierry de Cordier.

En la montaña, el horizonte no es importante. Aparte del suelo en el que pisas y la topografía del terreno, lo relevante es la silueta de la montaña aunque tiene un valor relativo. Las aristas que te muestra una cara de la montaña no tienen nada que ver con las que definen otras de sus caras, y a menos que uno simplifique, el rostro propio de la montaña  empieza a ser susceptible de ser concebido y conocido sólo a través de su complejidad.

Desechadas las ideas de paisaje y de horizonte,  me voy parando donde casi no pasa nada… todavía. En ocasiones, eso poco que pasa es algo que podría constituirse en foto. Se alinean delante mio elementos que me anuncian que ahí se organizará algo que podría tener sentido, que podría dialogar con esa organización de patrones que van constituyendo el proyecto.

Barrancs es uno de esos sitios, es un valle talismánico. Los elementos que yo espero que aparezcan, que se alineen de cierta manera, son muy variados: roca, tierra, hielo, nieve, líquenes, corrientes de agua y otros elementos que constituyen el sustrato material geológico. El valle de Barrancs, al estar al pié del Aneto y haber sido la avenida del glaciar hasta que comenzó a retroceder la capa de hielo hacia arriba, me ofrece muchos de estos elementos  con frecuencia.

Xacobe me proteje del agua desde hace un rato con un pequeño toldo de plástico, y eso me permite trabajar. Juan lleva un poncho de hule de ésos que no nos gustan, de los pesados que no transpiran. Él está seco, y nosotros con nuestras chaquetas técnicas, mojados. Juan lleva un rato observando a Xacobe, que está empapado, tiritando de cuando en cuando. Le tiende el poncho: “Ponte esto, tío”. Xacobe, que está totalmente en su papel, profesional hasta la médula, le dice: “No, que se va la luz”.

Antes de hacer la ultima foto, nos resguardardamos un rato en un refugio, mitad vivac mitad cabaña de pastores, que parece un colador de tantas goteras que tiene. Xacobe y yo salimos del vivac aprovechando que la niebla se hace más densa y la lluvia menos intensa. El palio de plástico con el que me proteje de la fina lluvia, hace que haga la última foto del día con un fondo rítmico de claqué. Juan, en ese infinito pétreo y brumoso de Barrancs, se siente en el fondo del mar, como si estuviera a 1.500 metros bajo la superficie. Una inmensidad gris, cotínua, monótona, sin vestigios de horizonte.

16 Julio 2012.

Subimos Concha y yo mientras unos jirones de niebla que serpentean como  dragones chinos juegan a nuestro alrededor. Esta vez busco el borde del glaciar, y ascendemos hasta estar debajo del Diente de la Maladeta. Nos vamos fijando en posibles sitios para la tienda, porque ya nos ha pasado que en un terreno que parece interminable, no haya ningún sitio para montarla. Llegamos en medio de la niebla al borde del glaciar. Es Julio pero hay mucha humedad y hace un frío tremendo. Localizo sitios para hacer fotos mientras Concha busca dónde plantar la tienda.

Hemos dormido con frío: por no cargar con mucho peso hemos traído sacos ligeritos, y creo que la temperatura durante la noche ha debido caer a -4 o -5, porque los charcos del anochecer ahora son bloques de hielo. Hay niebla densa y puedo trabajar un rato. Subimos un poco más hacia el glaciar en medio del estruendo de los torrentes, mientras la niebla se va disipando. Voy en tensión porque las nubes corren mucho y se ponen de tormenta. En la distancia las nubes ya son una masa densa y oscura, y en cuanto oímos el primer trueno a lo lejos, empezamos a bajar sin pensarlo.  Conocemos una zona donde las rocas son enormes y podemos dejar el equipo a cubierto,  a cierta distancia de nosotros. No tengo ganas de estar en medio de una tormenta electrica cargado de metal convirtiéndonos en pararayos.  Se pone a llover y se acaban las fotos.

5 Agosto 2012.

Esta vez, Concha y yo, en vez de pasar desde arriba al glaciar, por el Portillón Superior, cruzamos la Crencha de los Potrtilones por el Portillón Inferior. Quiero ascender el gaciar de Aneto desde abajo, como ya he hecho con el de Maladetas, para ir descubriendo su límite inferior. En verano es un caos de rocas insufrible; tal vez en invierno, con nieve, sea interesante para cruzar. Nos cuesta mucho llegar al borde del glaciar, porque buscar paso entre estas rocas de 2 o 3 metros, con vacíos enormes entre una y otra es pesado.

Llegamos al borde del hielo del glaciar, gris y beige, salpicado de pequeños puntos negros de piedra fragmentada. El cielo esta encapotado y la luz es perfecta. Monto el trípode y la cámara y empiezo a buscar dónde trabajar. Al cabo de un rato, con Concha y yo, parados en medio del glaciar con un montón de equipo esparcido alrededor del trípode, escuchamos el helicóptero del Grupo de Rescate de Benasque que da varias pasadas encima nuestro. Suponemos que están buscando a algun accidentado, y debemos ser una presencia un tanto ambigua y llamativa desde la altura. No nos atrevemos a hacer signos diciéndoles que no necesitamos ayuda. Son muy expertos en rescates, y no creo que se den media vuelta por ver que alguien les dice con señales que no necesita ayuda, pero nos dá miedo que el helicoptero se vaya por lo que sea,  y que alguien que pueda necesitar de verdad ayuda se quede tirado donde esté. Yo sigo trabajando y Concha permanece atenta a ver evoluciona la cosa. A veces el viento nos trae el sonido del helicóptero, aunque ya no lo vemos. Hago tres fotos, y ya recogiendo, una pareja que va bajando, al llegar a nuestra altura nos comenta que han recogido a un montañero que se ha caído y golpeado.

07 noviembre 2012.

Hoy es el primer día en que Javier Ayuso trabaja conmigo. No cargamos con mucho peso, pero aún así vamos despacito. Yo voy en silencio, observando. Al cabo de un buen rato, el sonido de las piedras y la respiración van imponiendo su ritmo. En montaña, al cabo de un rato, el ruido se va transformando en sonido, y la prisa en ritmo.

Poner la atención en el caminar lo transforma en un mantra que acalla el pensamiento y nos permite aposentarnos en la respiración para abrirnos al ritmo de lo vivo.

Caminar es la forma en la que experimentamos el terreno, formando parte de él. Luego lo miramos, nos separamos de él, lo transformamos en paisaje. Pertenecer a él, y separarse de él. Caminar  y mirar. Caminar la montaña es formar parte de ella, es subir y bajar con ella. Transformamos simbolicamente la montaña al caminar, inscribimos la cualidad de lugar en un itinerario.

Ayuso se sorprende que trabajemos con placas, y más aún, que monte la cámara 9 x 12  mientras nieva. Le llama la atención la pausa, lo estudiado, y que esta lentitud se note en el resultado. También le llama la atención la renuncia a hacer muchas fotos, a mirar mucho sin la cámara. Me ayuda a subir a una roca enorme, y se esconde de la nevada para no mojarse. Yo paso más de 10 minutos encima de la roca mirando luces, formas, ángulos, solapamientos de siluetas y distancias sin la cámara. Tomo muchas decisiones sintonizando la mirada con un campo de intenciones sensoriales, emocionales y conceptuales previo. Me resulta imprescindible mirar mucho sin la cámara, porque el campo intencional está tan cargado como la cámara. La cámara al final sólo registra desde un enclave espacio temporal preciso apariencias de la realidad haciendo visible ese campo de intenciones que cosntituye el proyecto. A veces ese campo de intenciones no dispone tanto de una definición formal precisa, sino más bien de patrones perceptuales, de resonancias sensoriales, de campos de relaciones en diferentes niveles.  Son conjuntos de patrones internos en los que lo que veo se sintoniza o no. Sigo con mi observación pausada. Al final, una vez decido cúando y desde dónde hacer la foto, la muevo un metro para adelante y un poco para detrás, aprieto el disparador y recojo.

Al final del día, mientras vamos bajando ya con menos prisa, Ayuso me comenta que le llama la atención  que hayamos empleado mil veces más tiempo en caminar, buscar, intuir, pensar y sentir que en disparar. “De eso se trata” le digo,  “de hacer fotografías sin cámara”.

29  abril  2013.

Ha caído una gran nevada, y salimos corriendo. Sustituimos el plan que hemos elaborado de fotografiar aludes por el de  subir a la Maliciosa desde la Barranca, pero por su cara sur para intentar fotografías hitos con nieve;  ahí hay algunos que ya he localizado otras veces. Ayuso está animado y se siente más preparado.

Los caminos están ocultos por la nieve y nos desplazamos por encima de los piornos que de tan nevados ni se ven. A medida que ascendemos más, nos hundimos, en ocasiones hasta la cintura. Cuesta muchísimo trabajo avanzar.

Hay que pisar despacio, en dos tiempos, avanzando el pie primero y echando el peso hacia delante y para abajo después y dejar que la bota comprima la nieve haciendo el menor esfuerzo posible. Si no se hace así, en diez minutos estás acabado. Aún así, ha caido mucha nieve en muy poco tiempo, y los huecos entre las rocas no están bien cubiertos así que de todas las maneras la subida se convierte en un infierno.

No encontramos todavía hitos, muchos deben estar ocultos bajo la nieve; los primeros que vemos no tienen demasiado interés, y cuando localizamos alguno interesante y preparamos la cámara, desaparece la niebla.

Al final llegando casi arriba, desciende la niebla de manera más estable, la luz se hace mortecina, y para sorpresa mía las condiciones se acoplan y alinean para permitirme hacer dos imágenes de hitos. A la bajada, Ayuso me confiesa que va aprendiendo que la lentitud y la paciencia no sólo es un asunto de trabajar con una camara de formato 9×12 montada en un trípode, sino de la montaña en sí, y que ese ritmo pausado, ese tiempo dilatado, forman un todo integrado.

8 Mayo 2013

Las temperaturas están subiendo, y con ellas el riesgo de aludes espontáneos. Decidimos ir al Valle de Benasque para quedarnos varios días en la Renclusa y tener la oportunidad de fotografiar aludes de fondo. Hemos tardado en preparar todo el equipo, y no llegamos a la Besurta hasta las 12.30. Durante la aproximación voy preocupado porque nos está lloviendo encima. Aunque he decidido llevar dos paraguas y capas de agua ( llevo años fijándome en los pastores del Pirineo, que saben mucho del asunto) sé que será un proceso muy lento e incómodo, y que al final aunque la cámara no reciba ni una gota de agua, acabaremos empapados.

De lejos, distingo en una pendiente unas manchas desordenadas y sucias que rompen la blancura grisácea de la nieve. Le digo a Ayuso: “Mira, dos aludes!”. No entiende lo que me excita tanto de esas manchas borrosas y tristes. De nuevo pasa lo que ya habíamos experimentado con anterioridad: a medida que nos acercamos van adquieriendo relieve y se comienza a percibir su tamaño. Algunos son grandes como furgonetas,  y uno se hace consciente de la dimensión engañosa y blandamente letal que puede adquirir la nieve.

Hacemos fotos en dos aludes antes de subir a La Renclusa. Estan en la ladera sur, por encima y al este del ibón de Villamuerta. Hacemos fotos encima del primer alud;  un enorme caos blanquecino, azul, negro, marrón. Para fotografiar el segundo hay que terminar de cruzar el primero. Miro para arriba. Llueve y hay niebla, y no se ve muy bien qué hay por arriba. Se distigue una mancha oscura enorme, e imagino que es la tierra al descubierto después de que la nieve haya colapsado, pero no puedo distinguir lo que hay todavía más arriba. Me acuerdo de haber leído que no porque uno esté encima de un alud, quiere decir que no pueda caer otro encima.

Decido seguir y avanzar rápido para salir cuanto antes de la zona. Montamos la cámara en el trípode, y la protegemos. De este modo podemos trabajar más deprisa porque está cayendo la luz y no quiero esperar a mañana; con la lluvia los fragmentos pierden las aristas, se redondean y acaban convirtiéndose en un montón de formas blandas.

Por la noche, en el refugio, satisfacemos la curiosidad de los compañeros de cena que se preguntan qué andamos haciendo por allí con mochilas grandes y dos paraguas. Me dan muchos consejos de dónde nos podemos apostar, como los cazadores, para pillar un alud cayendo. No me resulta fácil explicarles que no busco atrapar aludes mientras caen con un teleobjetivo, y mucho menos estar debajo de uno cuando cae. Se trata de hacer un relato sobre condiciones y consecuencias, registrar indicios y huellas. No se quedan nada convencidos.

9 Mayo 2013

A la mañana siguiente al mirar hacia la ladera sur debajo de la divisoria con Francia, vemos que no ha podido soportar el peso del agua que ha seguido cayendo por la noche, y se ha desprendido casi entera. Decidimos ir hacia el Plan d’Aiguallut.

Al bajar del refugio, las laderas que descienden al sur del Collado de la Renclusa, están llenas de aludes. No paro de repasar en voz alta las orientaciones, la temperatura, si llueve o no llueve… Ayuso me dice que no paro de calcular, de intentar predecir, de querer controlar y comprender las circunstancias y lugares donde es más probable que se haya desencadenado un alud, o se esté desencadenando y nosotros estemos a salvo. Es evidente que haciendo este trabajo me obligo a confrontarme con lo que más me cuesta, que es soportar la incertidumbre, lo impredecible, lo caótico. De eso trata Interacciones: de trabajar en ámbitos donde las condiciones de incertidumbre friccionen con el deseo humano de predecir y controlar su entorno.

Antes de llegar a la cascada de Aigualluts, el valle que atravesamos tiene un aspecto apocalíptico. Es una mezcla incómoda de horror y belleza. Sin embargo la luz no acompaña para nada: deja de llover, sale el sol y el valle pierde todo el misterio que tenía, adquiriendo un carácter desolado y sucio.

Cuando alguien me pregunta sí ya sé lo que busco, constato que muchas veces no lo sé.  Conozco los patrones a los que debería corresponder,  pero para explicámelo o explicáselo a alguien tengo que acudir a metáforas, porque la imagen aún no la he visto, no sé como es.

Sin embargo ya he oido los acordes, olfateado los olores, tocado y pesado tactos y densidades.  Ya sé a lo que quiero que suene y lo que quiero que pese. También sé que la sensación que resuene en mí al ver algo deberá tener un ritmo lento o rápido, o que su tacto arañe, o acaricie. A medida que he ido preparando el proyecto, se iba configurando una guia interna de qué busco, y tan importante como esto, de qué no me vale. Luego, sólo hay que hay que subir hasta el valle y estar a la escucha.

07 julio 2013.

En febrero Javier Ayuso y yo nos habíamos asomado al Valle de la Escaleta, pero nos preocuparon los aludes que quedaban por caer en el torrente de La Escaleta, así que, decidimos dejarlo para más adelante.

Ahora, han pasado los meses, han subido mucho las temperaturas y  la pared sur está limpia, así que Concha y yo  decidimos subir hasta arriba del valle, hasta Mulleres.

Ya bastante alto, en la cara norte, por encima de los ibones de la Escaleta, distingo una secuencia de neveros de color beige sucio, integrados en los pliegues de las placas inmensas de granito rosa. Parecen esconderse del sol, se protegen en la verticalidad de las grietas en una interacción que me hace fantasear con que está dotada de intencionalidad.

Decido que los fotografiaré al bajar. Parece que condensan tiempo: han resistido las lluvias de la primavera, el sol cada vez más incisivo, la temperatura cada vez más alta. Mantienen un diálogo entre cambio y permanencia, entre resistencia y fragilidad, que me hace desear trabajar en ese lugar. Me digo que tal vez al descender, dentro de unas horas, la luz estará mejor. Ya con el sol empezando a retirarse de la ladera, llegamos a los neveros, y la niebla decide regalarme unas manchas lechosas que juegan a desplazarse en un ritmo parsimonioso y delicado. Más ritmos, más tiempos, más interacciones.

Estamos a unos 2.600 metros, y lo vegetal hace tiempo que ha dejado paso al paisaje áspero y salvaje de la alta montaña. En esa quietud desnuda se nota más violentamente lo cambiante, lo mutable de los procesoso vivos: la niebla deslizándose por una ladera, las nubes que se enroscan sobre sí mismas, el viento que arremolina materia en suspensión…

Seguimos bajando, y pasado el Col de Toro, ya empezando a oscurecer, descubro algo que no ví al subir. La nieve de una de las paredes de roca que miran a sur se debió desplomar hace unos meses sobre el torrente. Debió de ser un alud bestial, porque después de todo el invierno y la primavera y en la época en que estamos, aún queda un tapón de nieve sobre el río de casi diez metros de alto. El agua del torrente se ha abierto paso excavando una gan caverna, dibujando la humedad miles de pequeñas bóvedas, pequeñas cucharadas en el paladar azul de la nieve. Decido trabajar rápido, antes de que se haga demasiado oscuro.

17 agosto 2013.

Una obra que me acompañó en la génesis de Interacciones fué  A night of rain sleeping place, de Richard Long, de 1993. En ella se ve la huella del cuerpo de Long, que ha protegido el lecho de hojas secas en el que ha dormido de la lluvia que ha caído durante la noche. Siempre me ha recordado a los poetas japoneses que componen haikus,  que duermen al raso, se mojan con la lluvia, y se hielan con el viento que luego poblará sus poemas.

Pensando en estos poetas, imaginé que el trabajo supondría, a la vez que subir montañas, buscar la emergencia de un espacio en el que el pensamiento se amortiguase y la percepción del transcurrir pudiera crecer. En ese espacio lo importante es la experiencia fluida del tiempo.

Con estas ideas en la cabeza subimos  buscando los vivacs del lago de Cregueña. Subimos mucho equipo, porque pensamos permanecer allí tres o cuatro noches. Descubrimos uno primero, una plataforma muy regular de granito, con una placa encima que le hace de voladizo. Plataforma y techo vuelan sobre el agua del lago tres o cuatro metros. Nos aposentamos rapido, porque nos han dicho que está muy cotizado. No me extraña, porque desde dentro estás flotando sobre el agua con los neveros del Pico Araguells enfrente: un palafito de granito. Mientras trabajo, y sin mover el resto del material del vivac, Concha va localizando otros en la misma zona. En el macizo de Maladetas, hasta el momento no nos había resultado muy frecuente encontrar vivacs, pero aquí se concentran muchos.

Metidos en los sacos, vemos como la oscuridad se va tragando la montaña, hasta que sólo se distinguen las manchas blanquecinas de los neveros, un mapa azulado flotando sobre una enormidad negra.

18 agosto 2013.

Amanece. He dormido con frío, creo que por la humedad. Antes de irnos hago una toma, y nos alejamos del agua, dirigiéndonos a otro vivac que hemos localizado el día anterior, una especie de gatera  inclinada que de lejos pasa totalmente desapercibida.

Al aposentar en su interior nuestras pertenencias, descubro que el lago se sigue viendo desde dentro. Agua, cielo  y roca. El vivac está inmaculado, y el granito rosa otorga a este pequeño cubículo una calidez inesperada. Una gatera coqueta con vistas al lago. Mientras caminamos recorriendo el entorno , veo a lo lejos cómo tres montañeros llegan hasta el palafito y se instalan en él. Es agosto, y los vivacs están muy cotizados.

19 agosto 2013

A la mañana siguiente, me levanto dolorido. He pasado la noche deslizándome dentro del saco. En el suelo inclinado, es imposible ponerse de lado. Sólo he descansado cuando me he apoyado en el borde inferior, encajado en ese pequeño útero de piedra.

Ese día buscamos varios vivacs más y elegimos un tercero que tiene dos entradas. Mientras nos movemos por allí, oímos truenos, y empieza a llover. Dejo el equipo dentro bien protegido, pero prefiero que mientras haya tormenta nosotros volvamos a la gatera; no me gusta lo de las dos entradas.  Al anochecer ya ha dejado de tronar y de llover, y dormimos todo lo bien que se puede en el vivac de doble entrada. Al día siguiente sigue el cielo negro, así que no nos entretenemos y bajamos tan rápido como nos deja el peso que cargamos, y el bosque de Cregueña mojado.

04 Marzo 2014.

Es un final de invierno de 2014 marcado por ciclogénesis explosivas. El tiempo es especial en los Pirineos. No soy el único que lo dice. Además, en las inmediaciones de la divisoria con Francia, zona en la que he trabajado mucho, las condiciones son aún más especiales.

Salimos disparados de Madrid porque la predicción meteorológica no puede ser peor. Para nosotros promete. Vamos felices como cazadores de tornados, mirando a un cielo encapotado y negro. Llegamos al valle y nos dirigimos a la parte alta de la carretera de llanos del Hospital buscando paredes de roca tapadas por cortinas de nieve furiosa zarandeada por la ventisca. Nos para la Guardia Civil. La carretra de Llanos está cortada por peligro de aludes. Nos toca buscar a pié por la subida hacia el Valle de Estós. Esta vez todas las predicciones coinciden, pero cada vez que preparo la cámara, o deja de nevar o deja de soplar. O cuando de repente se alían el viento y la nieve y estoy en el buen sitio, se abre un claro en el cielo y la luz cambia y la magia desaparece.

Me quedo esperando, frustrado, y después de un rato interminable, me muevo hacia otro sitio.  Justo entonces arrecia el viento y comienza a arrastrar nubes de nieve. Para cuando he vuelto a preparar la cámara, todo vuelve a cambiar. Empiezo a agotarme en este juego, no consigo estar atento, alerta y relajado a avez y comienzo a exasperarme. Tenemos que estar de espaldas al viento, los cristales de nieve hacen mucho daño si una parte de la cara queda al descubierto. Si una ráfaga te pilla sin un buen equilibrio, sólidamente apoyado en tus pies, te tira al suelo con cámara y trípode. A veces la cosa es de susto, pero es tan bello que no nos damos cuenta del miedo.

Dos día después, subimos hacia el fondo del valle del Hospital. Esta vez la Guardia Civil nos deja pasar, porque parece que la nieve se ha asentado un poco. Nos metemos andando por una senda en la nieve, buscando paredes de roca y la encontramos cerca del Camino de Invierno. A ratos el viento se arremolina y arranca de la pared velos de polvo de nieve haciendo que caiga como cortinas. Un pino con ramas retorcidas dibuja una estampa japonesa. Intento acercarme dos metros más a la pared, pero es una odisea. Doy un paso y me hundo hasta la ingle. Retrocedo y me calzo las raquetas. Aun así, me hundo hasta la rodilla a cada pequeño paso que doy. La violencia del viento, las agujas de nieve que se te clavan en la cara, la niebla y la nieve que borran el camino, contrastan de manera increible con la delicadeza de las cortinas que revolotean y acarician la roca. Me siento a la vez cansado, irritable y profundamente agradecido.

11 marzo 2014

Henos quedado con Nico Sahún en la carretera de Ampriu. Es el primer  Observador Nivológico con el que vamos a trabajar.. Me emociona pensar que Kåre Aarset podía ser así. Abre el maletero de su coche y antes de que yo me ponga la mitad del equipo, él ya está preparado. Nos dirigimos a una zona que sólo él puede saber que es propicia para hacer un test nivológico; yo no veo más que una ladera blanca, inmaculada, sin apenas diferencias,  a pesar de que hace ya quince años que observo la nieve en Pirineos. Él dice: “Allí” señalando la ladera blanca, para mí casi uniforme.

Hace un test de estabilidad que me parece bellísimo: un prisma blanco con un corte diagonal, perfecto, limpio, producido por cizalladura. Después cavamos durante casi una hora. Va surgiendo un vaciado perfecto, un prisma negativo color turquesa, una escultura minimalista en la que se va inscribiendo un jeroglífico de marcas ordenadas, huellas de pruebas técnicas para extraer información enterrada bajo metros de nieve. Orden en el caos, un agujero turquesa en la nada blanca. La luz es perfectamente homogénea. El prisma rebota la luz, aplana el relieve de los jerogíficos. Decido que la próxima vez traeré un palio negro, esperando que no haga viento.

Volvemos a hacer más catas, durante varios días. La experiencia de cavar en la nieve sin parar, desplazándonos de ladera en ladera cargando con el equipo resulta extenuante. Nico, Xacobe, Satur y Adrián leen las superficies blancas de forma increíble: inerpretan la dirección y la fuerza del viento, las acumulaciones, las ondulaciones y grietas, la formación de placas, la calidad de la nieve, la inclinación, la orientación de la ladera… Son muchas sutilezas que les llevan a intuir sin equivocarse. Cada vez que cavamos una cata, el jeroglífico que se va formando es distito aunque el protocolo sea idéntico. La luz es perfecta, homogénea. Hemos traído una tela negra que clavamos en la nieve para que no se vuele. Esta vez noto el contraste. Después de fotografiar destruimos el agujero de la cata, tapando con nieve el vaciado para que nadie pueda caer en esa trampa de dos metros y medio de forma inadvertida.

16 agosto.2014

Son las 13:00 y he bajado al pueblo a comprar algo en el supemercado. Las previsiones meteorológicas no son claras. Entre todas las páginas que consulto hay poca coincidencia, aunque apuntan a más despejado que otra cosa, así que he tomado la decisión de quedarme. Suelo consultar hasta seis páginas de predicción meteorológica: en muchos casos las predicciones coinciden, pero con tiempo inestable o cambiante puede pasar cualquier cosa. En cuanto a la predicción local,  hay que preguntar a gente del lugar, pero aún así, en ocasiones el margen de impredicibilidad es enorme.

Al salir del súper, con las bolsas en la mano, miro a lo lejos, y descubro en el fondo oscuro del valle las cumbres de las montañas engullidas por una masa de nubes. Podría ser una ocasión perfecta para subir a trabajar, con lo que decido ponerme en marcha. Recojo rápido el equipo y a las 15:30 ya estoy andando hacia Barrancs. Llaneando, aunque la mochila pesa, voy deprisa, pero subiendo, las piernas protestan , el aire se hace insuficiente y el corazón se acelera; respiro intentando meter paciencia en los pulmones, y seguir buscando con las mismas ganas de siempre.

Barrancs es un valle que me gusta mucho; me encamino hacia la antigua lengua del Glaciar de Aneto, una cara norte pedregosa, con apenas alguna brizna de hierba, a unos 2.400 mts de altitud, unos 500 metros por debajo del borde inferior del hielo.

El lugar es desolado, espectral. Granito gris, en el que crecen los líquenes, bloques grandes de color amarillo verdoso, a veces ocupando todo el espacio. En otras zonas, fragmentos de granito más pequeños dónde es más factible caminar. Imagino que hace sólo unos cientos de años el suelo donde piso ahora estaba aún  ocupado por el glaciar.

Llego a los 2.400 metros en hora y media. Localizo algunos lugares y configuraciones interesantes, pero la niebla está muy alta, y no termina de bajar hasta donde yo estoy. Sé que con niebla sería mejor, y paso horas esperando que alguna nube se apiade de mí y tenga a bien bajar hasta donde yo estoy, porque no quiero abandonar los hitos que hay alredeor mío.

Miro hacia arriba: una densa nube lo borra todo como un borrón gris que se mueve lentamente, aliado y a la vez enemigo amenazante, pero no baja, paseándose, perezosa, sin cambiar de cota.  Ir en busca del mal tiempo en alta montaña es paradójico: lo deseas y deseas evitarlo.

Me he dicho que a las 19:00, tengo que empezar a bajar, para no correr riesgos, aunque conozco bien el terreno y no implica peligro objetivo importante. Hacia las 18:00, las nubes que vienen de Francia resbalan por la ladera bajando un poco de cota, y engullen el fondo de la lengua. Tengo la sensación, por fin,  de que ahí hay algo. La niebla me alcanza y me traga. Me sumerjo en la desorientación, en la incertidumbre,  en la vulnerabilidad. Sé que para encontrar lo que busco, necesito subir cuando la montaña da miedo.

Hago tres fotos. A la hora prevista, recojo y me voy, como está mandado.