La Senda y la Trama

 

Fernando Gómez de la Cuesta. Texto presentación de la exposición La Senda y la Trama, Casal Solleric, Palma de Mallorca, Mallorca, 2015

Las líneas que comparecen en esta propuesta titulada “La Senda y la Trama” actúan como ese rastro de vivencias que se van produciendo en el devenir del Archiduque Luis Salvador (Palacio Pitti, Florencia, 1847 – Castillo de Brandais, Bohemia, 1915) y de Javier Vallhonrat (Madrid, 1953) por la Sierra de Tramuntana. Extraordinarios viajeros, montañeros, caminantes y dibujantes, conciben esa línea como una sucesión de experiencias que se extienden en el espacio y en el tiempo, como una serie de trayectorias biográficas escritas e inscritas sobre el plano de un territorio concreto, como itinerarios que se van superponiendo en tiempos paralelos, que se cruzan sobre los mapas que han trazado, que se juntan y se separan en un contexto que une las pasiones de la subjetividad romántica con el conocimiento y con la ciencia.

Un proyecto que surge del desarrollo conceptual de todas las relaciones y declinaciones que se generan alrededor de esos trazos vitales y del entramado que crean, unas marañas que parten de un dibujo simple -un sencillo surco trazado en la tierra- que se va transformando en una imagen más intrincada y compleja. Estas líneas de recorrido establecen una analogía evidente con el concepto de dibujo, del dibujo como performance, como trayectoria, como acción, como experiencia y como memoria. Esta línea metafórica y gráfica, sin principio ni fin, ilimitada y eterna, es la que deja constancia del discurrir de Vallhonrat por los caminos físicos que contienen todos los hitos de experiencia que el artista va fijando con sus imágenes, que traza y localiza en el mapa, que ubica con las coordenadas que toma con su GPS, mientras se van entrecruzando y complementando con la propia trama de sendas que dibujó Luis Salvador por toda la Sierra.

Y es que Javier Vallhonrat no ha tratado de recorrer de nuevo los itinerarios que trazó el Archiduque, sino que lo que pretende es dotar de diferentes contenidos el territorio, transitarlo y vivirlo pero de otra singular manera. Para llegar, primero hay que ir, y para que el camino sea provechoso hay que sentir, permanecer, asimilar, aprehender, recordar, sumar y crecer. Una suerte de itinerario que, en su superposición, genera una red orgánica que se expresa plásticamente mediante las tramas vegetales que se recogen en las fotografías de la propuesta: una acumulación de capas y de registros, de trazos y de caminos, donde la propia naturaleza es la que se encarga de construir la retícula compleja que la peculiar sensibilidad de Javier Vallhonrat plasma en sus imágenes. Los diferentes testimonios que el artista va recogiendo en el transcurso de la investigación, sus dibujos de línea clara sobre el cuaderno, los textos, las grabaciones en vídeo, incluso los sonidos captados en el bosque, el viento o el mar, son entendidos como hilos argumentales que se cruzan formando nuevas tramas, otorgando una complicación añadida pero también incorporando múltiples lecturas.

Una red de líneas superpuestas que define, en diferentes capas de comprensión, el espacio geográfico en el que nos hallamos, su configuración topográfica, antropológica y biológica, los árboles y las plantas, la montaña, la costa, los animales, la estructura mineral y geológica, pero también aquel ilusionismo científico que manifestaban los pioneros de la óptica, los fotógrafos premonitores de la imagen estereoscópica, de la cámara oscura, de las máquinas e inventos que contribuyeron a la nueva visualidad de finales del XIX, combinado con los gráficos y las ilustraciones de los estudios anatómicos, de la percepción ocular, de los esquemas de las cadenas alimenticias, de los recursos y pictogramas del montañismo, y acompañados siempre por un singular personaje mezcla de sabio, aventurero, mago, escalador, ermitaño y guía que se encarga de narrar este proyecto de investigación conceptual y plástica abordado desde una mirada científica y mágica, desde una abstracción sistemática y apasionada, planteada mediante unos trazos que buscan la claridad cognoscitiva pero que, necesariamente, se entrelazan en una complejidad y diversidad fenoménica y sentimental que consigue maravillarnos, inquietarnos, sobrecogernos y, en ocasiones, desbordarnos.


 

 

La Senda y la Trama

Fernando Gómez de la Cuesta. Texto del catálogo La Senda y la Trama, 2015

 

– la Senda –

 

Aunque recorras todo el camino nunca podrás hallar los límites del alma[1]

 

Empecemos por un principio que no existe para esta historia sin inicio ni final, para una investigación compleja compuesta por multitud de itinerarios, afectos, conocimientos y experiencias que se entremezclan, que se superponen y se complementan, que se enmarañan y se desenmarañan, que se buscan, se pierden y se encuentran. Esta es la historia de dos pioneros y de sus caminos, de sus rumbos y de sus derivas, de un erudito romántico y de un intelectual contemporáneo que van explorando senderos que se bifurcan infinitamente en un espacio definido, en momentos diferentes, paralelos o yuxtapuestos, en tiempos que divergen y convergen[2]. Comencemos por aquel caminante sobre el mar de nubes[3], por aquel monje a la orilla del mar[4], ante los acantilados blancos[5], ante el abismo, ante lo insondable, ante lo inconmensurable, lo inefable e inabarcable, empecemos por los protagonistas de esta historia, el archiduque Luis Salvador de Austria y el artista Javier Vallhonrat, unos descubridores apasionados que trazan mapas inéditos, unos cartógrafos precursores que van recorriendo lugares que, sean o no sean los mismos, nunca son iguales, siempre son nuevos porque mutan a cada momento, por nosotros y también por ellos[6]. Los territorios que transitan estos científicos aventureros, después de viajar por tierras lejanas, están justo a nuestro lado pero seguimos sin verlos[7], en plena vorágine de la era de la imagen nuestra insensibilidad retiniana nos ciega por exceso[8].

 

El archiduque Luis Salvador de Austria (Palacio Pitti, Florencia, 1847 – Castillo de Brandais, Bohemia, 1915) es un explorador visual, metódico y sentimental, un geógrafo atrevido, un buscador nato que estableció una relación íntima de conocimiento y de pasión con las Islas Baleares y, en especial, con Mallorca y su Serra de Tramuntana, uno de esos lugares sobrecogedores que tanto estimulaban el interés confluente de ciencia y emoción que albergaba este sabio romántico. Una relación de amor y de saber que persiste en el tiempo[9], una conexión con una dimensión contemplativa, analítica, sensual y sensorial, que termina de completar su inmersión total en el propio territorio. Todos los registros del Archiduque, el artístico, el literario, el científico, pero también el del hombre amante de la montaña, de la naturaleza, el antropólogo, todos estos niveles que van desde el afecto hasta la ciencia y que lo convierten en un personaje polifacético, él los consiguió amalgamar, supo ver dimensiones donde antes nadie las había visto, unificándolas mientras les daba un sentido. En la figura del Archiduque hay una voluntad de conocimiento impresionante, un deseo de descubrimiento, una curiosidad, una multiplicidad de niveles y una complejidad[10], que son las auténticas coordenadas orientadoras y excitadoras que han guiado a Javier Vallhonrat en esta experimentación que comparte territorio y recorridos con las propias búsquedas del Archiduque. Un trabajo desplegado en el tiempo, una relación, una permanencia, un recorrido extenso[11] por un espacio que Vallhonrat conoce bien y que, al igual que al Archiduque, siempre le ha fascinado. El fotógrafo, cámara en mano, pasa muchas veces por los mismos lugares, sitios que nunca son iguales, para percibir la complejidad apoyado en la lentitud de la observación, e insistir en el hecho de que esa realidad, esas diferentes realidades, se construyen a partir de nuestra percepción, de la suma de todas nuestras percepciones, mientras va completándose el sentido de esa experiencia extendida en el tiempo[12].

 

Mientras confluyen los itinerarios que la propia mirada de Javier Vallhonrat va aportando, “La Senda y la Trama” (2014) toma la forma de una investigación compuesta por un tejido de diversos caminos argumentales que circulan y se estructuran alrededor de este personaje lleno de facetas que fue el Archiduque y de su relación con un entorno natural, concreto y estimulante, como es la Tramuntana. El artista parte de la idea de lo múltiple, como múltiples fueron las experiencias e intereses de Luis Salvador, buscando articularlas a partir de un complejo concepto de tiempos en paralelo y de un ámbito geográfico excepcional con innumerables capas superpuestas. Un proyecto que trata de abordar esta apasionada y plural relación de amor y de conocimiento, una dedicación que perduró muchas décadas y que fue dando como fruto una gran cantidad de obras, construcciones y actuaciones que, todavía hoy, permanecen visibles. La figura del Archiduque se presenta ante la percepción de Vallhonrat como un crisol poliédrico: sensible, inquieto, ávido de saber y erudito, de espíritu dinamizador y productivo, su dimensión humana, científica, literaria y paisajística, encuentra en la Tramuntana y en el ambiente humano que la habita, uno de los núcleos en torno a los cuales van a girar sus investigaciones, sus creaciones y su existencia. Es inevitable que el encuentro de este aristócrata e intelectual centroeuropeo, formado en una de las cortes más sofisticadas y cultas de su momento, con una de las costas más mágicas, misteriosas, agrestes e intactas del Mediterráneo, en una Mallorca rural de tiempo suspendido, suponga un rico entramado de amplio alcance. El marco histórico en el que este encuentro tiene lugar es el de un mundo en profunda transformación donde el espíritu romántico y aventurero del XIX, enamorado de la naturaleza indómita y salvaje, choca y conecta con el imparable desarrollo científico y tecnológico que vino poco después. En la riqueza y complejidad de los intereses del Archiduque parecen tener cabida todas estas dimensiones que se dan en ese momento crítico de cambio de paradigma: la pasión y el sobrecogimiento ante la naturaleza, el deseo romántico de viaje y aventura, y el compromiso con el estudio y la divulgación científica, concurren en este hombre multidisciplinar, transterritorial e integrador.

 

No es la primera vez que los intereses de Javier Vallhonrat (Madrid, 1953) se centran en esta etapa compleja de cambio que supone el tránsito de un siglo a otro, sus proyectos “E.T.H.” (2000)[13] y “42º N” (2011-2013) parten también de acontecimientos que se desarrollan en ese periodo finisecular lleno de contradicciones y de sinergias, un contexto histórico en el que se ubica la figura del Archiduque y que tiene en común con el momento actual el marcado punto de inflexión que, por diferentes causas, se produce en ambos. “La Senda y la Trama” perfila perfectamente esta tensión entre el orden y el caos tan presente en el trabajo de Vallhonrat: esta doble vertiente de pasión del mundo romántico -las pulsiones emocionales, el desorden psíquico, las tensiones personales- y el rigor enciclopédico ilustrado -el conocimiento sistemático, la metodología científica- que comparecen de forma muy acentuada en aquel final del XIX y que anticipan la terrible escisión que, escondida bajo los mitos del ideal moderno de progreso, ahora padecemos. A partir de estos ejes surgen los elementos que son analizados por Vallhonrat en este proyecto, siendo el lenguaje la cuestión que subyace bajo todos ellos y que termina de imbricar y completar esta depurada reflexión en el seno de los parámetros de la creación contemporánea.

 

– la Línea –

 

La Fotografía no es ni una pintura ni una fotografía; es un Texto, es decir, una meditación compleja, extremadamente compleja[14]

 

La línea comparece como uno de los elementos esenciales de este proyecto, como la forma de expresión adecuada para ese rastro de vivencias que van produciendo el Archiduque y Vallhonrat en su devenir por la Serra. Ambos, extraordinarios viajeros, montañeros, caminantes y dibujantes, conciben esa línea como una sucesión de experiencias que se extienden en el espacio y en el tiempo, como una serie de trayectorias biográficas escritas e inscritas sobre el plano de un territorio concreto, como itinerarios que se van superponiendo, que se cruzan sobre el mapa, que se unen y se separan. “La Senda y la Trama” surge de un desarrollo conceptual que está compuesto por todas las relaciones y declinaciones que se generan alrededor de esos trazos vitales y del entramado que crean, unas marañas que parten de un dibujo simple -un sencillo surco trazado en la tierra- que se va transformando en una imagen más intrincada y compleja. Estas líneas de recorrido establecen una analogía evidente con el concepto de dibujo, del dibujo como performance, como trayectoria, como acción, como experiencia y como memoria. Esta línea metafórica y gráfica, sin principio ni fin, ilimitada y eterna[15], es la que deja constancia del discurrir de Vallhonrat por los caminos físicos que contienen todos los hitos de experiencia que el artista va fijando con sus imágenes, que traza y localiza en el mapa, que ubica con las coordenadas que toma con su GPS, mientras se van entrecruzando y complementando con la propia trama que dibujó Luis Salvador por toda la Serra.

 

Y es que Vallhonrat no ha tratado de recorrer de nuevo los itinerarios que trazó el Archiduque, sino que lo que pretende es dotar de diferentes contenidos el territorio, transitarlo y vivirlo pero de otra singular manera. Para llegar, primero hay que ir, y para que el camino sea provechoso hay que sentir, permanecer, asimilar, aprehender, recordar, sumar y crecer[16]. Una suerte de itinerario que, en su superposición, genera una red orgánica que se expresa plásticamente mediante las tramas vegetales que se recogen en las fotografías de la propuesta: una acumulación de capas y de registros, de trazos y de caminos, donde la propia naturaleza es la que se encarga de construir la retícula compleja que el peculiar ojo de Javier Vallhonrat plasma en las imágenes de “La Senda y la Trama”. Los diferentes testimonios que el artista va reuniendo en el transcurso de la investigación, sus dibujos de línea clara sobre el cuaderno, los textos, las grabaciones en vídeo, los registros de audio de los participantes en el proceso, incluso los sonidos captados en el bosque, el viento o el mar, son entendidos como hilos argumentales que se cruzan formando nuevas tramas, otorgando una complicación añadida pero también incorporando múltiples lecturas. Una red de líneas superpuestas que define, en diferentes capas de comprensión, el espacio geográfico en el que nos hallamos, su configuración topográfica, antropológica y biológica, los árboles y las plantas, la montaña, la costa, los animales, la estructura mineral y geológica, se encargan de completar este proyecto de investigación conceptual y plástica abordado desde una mirada científica y mágica, desde una abstracción sistemática y apasionada, planteada mediante unos trazos que buscan la claridad cognoscitiva pero que, necesariamente, se entrelazan en una complejidad y diversidad fenoménica y sentimental que consigue maravillarnos, inquietarnos, sobrecogernos y, en ocasiones, desbordarnos.

 

– el Hito –

 

El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo[17]

 

Otro de los puntos en común entre el Archiduque y Javier Vallhonrat es esa sutil forma de educar nuestra mirada, ese objetivo compartido de enseñarnos a contemplar, de ayudarnos a ver los diferentes registros para satisfacer las expectativas que cada uno de nosotros tenemos. El Archiduque lo deja en evidencia mediante su voluntad de fijar emplazamientos en la Serra, de construir miradores y otras señales que llamasen la atención de la gente que transitaba por ese entorno, de las personas que lo recorrían con un origen y un destino concreto o de los que desempeñaban allí su trabajo, habitantes que, sepultados por su día a día, no solían detenerse a mirar lo que les rodeaba. La voluntad del Archiduque era estimular la contemplación señalando y ofreciendo esos hitos, haciendo pedagogía de la mirada, invirtiendo tiempo y reivindicando calma, con una sensibilidad romántica para fijar el punto de experiencia humana ante lo sobrecogedor, ante lo espléndido e inabarcable de la naturaleza. Cuando todavía hoy recorremos el espacio que el Archiduque diseñó, deteniéndonos en los nódulos de experiencia de su red sensible, se puede percibir su conocimiento y su pasión, un saber y un amor que, generosamente, compartía con quien lo quisiera disfrutar.

 

“La Senda y la Trama” de Javier Vallhonrat es un proyecto que también tiene la voluntad decidida de enseñarnos a mirar a pesar de que el contexto cronológico es otro, y la visualidad y la sensibilidad contemporánea son muy distintas. La mirada actual está saturada, pocas cosas nos llaman la atención, nos hemos vuelto indiferentes a la belleza, al drama y al espectáculo; imagen y concepto deben ser desmesurados para que nuestra atención apenas repare unos segundos en ellos[18]. Vallhonrat selecciona para este proyecto 20 hitos muy concretos, los localiza inequívocamente con sus coordenadas exactas y los fotografía. El punto de vista, por supuesto, no es una perspectiva cualquiera, es una imagen concienzudamente buscada a lo largo de esos recorridos por la Serra de Tramuntana, llenos de idas, permanencias y venidas. Ningún sitio es dos veces el mismo, por eso hay que señalarlos a partir de cada experiencia, nombrarlos en cada ocasión y definirlos de nuevo, el contenido de cada uno de estos lugares, en constante mutación, surgirá de la suma de vivencias y percepciones acumuladas por todos los que estuvimos allí y por aquellos que quieran reconstruir esta senda que Vallhonrat señala minuciosamente para nosotros. En esas imágenes nos encontramos ante un profuso entramado vegetal, una suerte de cuaderno de botánico que da referencia clara de las especies autóctonas de esos parajes de montaña, que nos habla de la sabiduría del ser humano y de la naturaleza; sin embargo, también hallamos en ellos una acertada metáfora de la contemporaneidad, una red de redes donde está casi todo, pero que, sin aplicar la atención necesaria, apenas nos permite ver nada, por saturación y por desconcierto, por falta de concentración y de tiempo[19]. Unas fotografías que sirven de expresión de la cualidad insondable del conocimiento y que nos sobrecogen por causas parecidas a aquellos sublimes escenarios románticos: por nuestra incapacidad de abarcarlos, de asimilarlos, por su carácter extraordinario, porque nos sobrepasan, nos desbordan y nos alienan, pero también porque nos seducen, nos motivan y nos alientan.

 

-la Trama –

 

Si todos los lugares de la tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz[20]

 

La realidad vuelve a situarnos ante el abismo, nos deja de nuevo en evidencia frente a nuestras propias carencias, en un eterno retorno, en un bucle continuo, en una espiral sin fin que sigue confundiéndonos aunque empecemos a ser conscientes de nuestra verdadera (des)ubicación. El acantilado tiene mucha altura, el mar es demasiado profundo y la trama del bosque resulta difícilmente penetrable, la naturaleza nos infunde temor porque las tecnologías, lo artificial, la velocidad y la contemporaneidad nos hicieron percibir lo natural como algo extraño, ajeno. Javier Vallhonrat nos ayuda a darle la vuelta a esta renuncia sin sentido, coge las nuevas tecnologías para ponerlas a su servicio, para usarlas y ofrecernos resultados, para diseccionar esa maraña vegetal que parece una trampa y que, en realidad, es una red de posibilidades infinitas, demostrándonos que es el desconocimiento lo que la hace tan amenazante. El artista asume el papel que más le gusta, como investigador, creador y mediador, tratando de volver a vincularnos con esa naturaleza que llevamos tiempo obviando y que él nos pormenoriza, entrando en el detalle, en la profundidad, en el resquicio, huyendo de perspectivas globales, de visiones generales, superficiales, meramente epidérmicas, y de los tiempos y planteamientos absolutos que son los que, de manera definitiva, consiguieron llevarnos a una alienación que todavía padecemos[21].

 

Esas tramas vegetales que se entrecruzan son materializadas por Javier Vallhonrat en sus fotografías, pero también en los dibujos que ha ido realizando a medida que se desarrollaba la investigación, unos trabajos que tienen de trazo lo que tiene de trazo el propio itinerario y el vestigio que dejamos tras nuestro paso. Estas sendas que se recorren y esos hitos que se marcan, en su acumulación, se convierten en la Trama, en una maraña de líneas que refleja la inmensidad de lo natural, que plasma ese poderío que nos abruma y que nos sobrecoge, una inconmensurabilidad que nos emociona desde un paisaje recuperado por una perspectiva neorromántica y actual, huyendo del artificio y de otras incómodas presencias, sacando a la luz la belleza de unos parajes ocultos que no se ven a simple vista, enseñándolos, poniéndolos en su justo valor para que percibamos la plenitud de su belleza, hallándolos en los sitios más insospechados y en los más evidentes, creando un profundo espacio estético y mental que habilita diferentes capas de conocimiento y de lectura, un nuevo viaje, un nuevo proyecto con intención regeneradora, una nueva mirada, unas imágenes inéditas para una nueva visualidad. Otros pioneros como Thomas Struth[22] trataron de enseñarnos la ubicación de esos paraísos, reivindicando la vuelta a la naturaleza como medio de recuperar nuestra propia esencia, pero recurriendo a una metáfora más evidente, apelando a la selva virgen, a esos lugares que por su exoticidad, misterio e impenetrabilidad, ya nos planteamos -aunque no sin cierto sobrecogimiento- como el arquetipo del paraíso perdido.

 

Javier Vallhonrat va un paso más allá de todas esas reflexiones y acude en busca de un paraíso cercano que siempre estuvo aquí, justo a nuestro lado, en los bosques de la Tramuntana, en sus marañas de árboles y plantas. Un paisaje redefinido a partir de la veladura y la obturación, estableciendo una pertinente dialéctica entre lo próximo -la experiencia y el punto de vista- y el más allá -lo visto desde el lugar de observación-. Esa promesa o evocación de un paraje que vemos en la lejanía con la pretensión de ser alcanzado, es una alusión directa a la ilusión de un posible nuevo lugar que comparece vinculado al deseo que genera la complejidad de la trama que hay que atravesar para llegar a él, entendida simultáneamente como dificultad y caos, pero también como indiscutible elemento ordenador. Al final de esa trama vegetal siempre se revela un punto de luz, una zona de no obturación, una vía de fuga, un canal de escape, y es allí donde podemos encontrar la magia del rayo verde[23], de aquel último haz de luz solar que, justo antes del ocaso, otorga esperanza a quien tenga la suerte de contemplarlo. Ese rayo verde es una ingenua maravilla de la naturaleza que conmueve a los genuinos ingenuos que lo ven, que lo ven porque lo buscan, porque confían y porque creen en ello, una maravilla que nos devuelve a lo esencial, a la inocencia de lo elemental pero indispensable. Para los que no lo han visto, Vallhonrat, trata de mostrárselo, de darnos la llave, de iluminarnos para abrirnos el camino hacia sus visiones de un mundo no tan nuevo pero igualmente desconocido, para que todos terminemos, de una forma u otra, encontrando nuestro propio paraíso, aquel que, sin duda, ha de facilitarnos nuestro camino hacia la felicidad.

 

– el Territorio –

 

Nuestra existencia, frente al distraído permanecer, es un discurrir errante, un pasar y no quedarse con nada, un tan sólo dejar algunas huellas y rastros de nuestros hechos para que otros se orienten mediante estas marcas en el devenir de las cosas y en los nuevos mapas de la existencia. El nómada existencial cambia de lugar permanentemente y entiende el mundo como conjunto de lugares, fuerza de lo diverso, y hace del individuo universo, al homologarlo con su propio sentido primordial, lo indiviso, lo que no está dividido y por consiguiente unido al mundo y a su discurrir. Cuando nos aferramos a algo clavamos en un lugar los pies, una bandera, un partido y perdemos el suelo al descubrir que nuestra fragmentación, aislamiento y soledad son una forma de protección frente a la diferencia. El ojo es la hendidura hacia lo abisal, desde donde fluye nuestro cuerpo y nuestra alma y desde donde nos contemplamos a nosotros mismos al contemplar el mundo[24]

 

Quizás el interés por lo particular del Archiduque ponderado por su voluntad enciclopédica sea lo que hace que, de manera repetida, concentre su atención en las islas, en esas extensiones de tierra perfectamente definidas que las convierten en un ámbito de estudio delimitado en sí mismo y, a la vez, absolutamente inasible. Múltiples son las islas que recorrió el Archiduque a bordo de sus barcos, muchas de las que componen el Mediterráneo, pero ninguna le suscitó tanto interés como Mallorca. Para alguien que tiene la vocación decidida de alcanzar todo el conocimiento que le sea posible, la isla, las islas, deben resultar lugares especialmente estimulantes, un campo de pruebas acotado cuya frontera física es evidente, un microcosmos al alcance teórico del investigador, aunque luego, en la práctica, la limitación del ser humano lo demuestre insondable; un espacio finito que, sin duda, se manifiesta con un contenido infinito que deja en evidencia el carácter inabarcable del conocimiento. El emblemático escenario donde se desarrolla el proyecto, el privilegiado entorno natural de la Serra de Tramuntana, configura un territorio de trabajo con un enorme peso visual que supone, necesariamente, relacionarse con una larga genealogía de imágenes paisajísticas. Es por ello que la propuesta mantiene la prevención de no añadir más imágenes de “paisajes” al ya abundante patrimonio icónico dedicado a estos parajes, incardinándose entonces en el entorno natural, en las marcas y en las huellas que en él inscribió el Archiduque, en un lugar de encuentro, pero también, en un territorio de lenguaje, de escritura. En este proyecto el paisaje es tratado sin convencionalismos, sin imágenes recurrentes, deslocalizándolo y volviéndolo a localizar, redefiniendo ubicaciones en plena era del GPS, del satélite y de la hiperconexión. Un intento de documentar el territorio asumiendo el archivo, no sólo como forma de testimoniar sino como concepto en sí mismo, como memoria material e inmaterial que fija un instante y una perspectiva en el tiempo, como una imagen etérea con la cualidad de la transparencia y de la superposición articulada mediante capas virtuales y reales, donde el paisaje se materializa a partir de su propia obturación, oclusión y desintegración.

 

Observar la representación de la complejidad de un entorno natural, hacer, mirar y sentir un espacio es, sobre todo, asistir al despliegue de la acción de generar lenguaje, al desarrollo de una manera de comprender el mundo y de decirlo a través de la naturaleza. Ver, recorrer y permanecer en los lugares que conoció, señaló y vivió el Archiduque, es observar la inscripción de la mirada y de la escritura de éste sobre el territorio, investigarlos y representarlos supone escribir sobre lo escrito. Para todo ello, Vallhonrat, delimita el ámbito geográfico de desarrollo del proyecto a aquellos hitos donde perduran las huellas de la relación del Archiduque con la Serra de Tramuntana. La propuesta comparece como un recorrido por una grafía particular, por los signos que perduran en este peculiar entorno, constituyendo un léxico surgido de una relación cargada de conocimiento y de afecto. Nacida esta vinculación a lo largo, no sólo de un mirar, sino de un habitar, de un vivir, de un conocer y de un respirar un entorno que se va constituyendo en paisaje pero de otra manera, el artista se propone el ejercicio de ver lo que alguien vio y decir algo acerca de lo que alguien escribió, todo ello surgiendo de una relación con un territorio en el que la permanencia temporal, el recorrido espacial y el ámbito del lenguaje conforman una misma cosa[25]. En “La Senda y la Trama” Vallhonrat plantea su investigación sobre la figura del Archiduque tomando como lugar para la misma un entorno que se delimita perimetralmente teniendo en cuenta esos caminos y esos puntos de actuación, de vida y de reflexión, que el aristócrata dejó fijados en la Serra de Tramuntana, marcando el alcance humano, su propio alcance como hombre, con los itinerarios y los hitos que definen el radio de acción en un entorno que es común para ambos. La escala humana, la que aportan el Archiduque y Vallhonrat en esos recorridos, se va desarrollando gracias al conocimiento y a la percepción sensorial, una carta de navegación que se genera a partir de esa conexión atemporal de aprendizajes, una topografía que se despliega gracias a las fotografías, a los dibujos y a los propios mapas reales que los dos artistas trazaron sobre este territorio de experiencia[26].

 

– la Ciencia – 

 

El arte es entonces una cosa definida, una especie de la naturaleza y, como cualquier especie del mundo físico, actúa de acuerdo a sus propias leyes[27]

 

Partiendo del rico entramado de atracciones y fricciones que supuso el encuentro del archiduque Luis Salvador de Austria con la Serra de Tramuntana, Javier Vallhonrat propone un recorrido físico que es, a la vez, permanencia temporal -el tiempo que fue necesario para realizar su análisis- y un territorio muy concreto como campo de investigación -aquél delimitado por las huellas visibles de la relación entre el Archiduque y el entorno de la Serra-. Para ello, como estrategia de mirada y de realización, la propuesta incorpora las ideas de observación y de registro de un científico naturalista del siglo XIX, aunque sin que las obras resultantes mantengan una relación estilística ni formal con las producidas en ese contexto cronológico, sino más próximas a parámetros contemporáneos como los que poseen las láminas botánicas de Stefan Bertalan[28] o los estudios anatómicos alucinados de Yüksel Arslan[29], recurriendo, eso sí, al método y a aquellos argumentos propios de la mirada del naturalista tales como el fragmento, la acumulación, el ordenamiento y la relación entre el hecho natural, la palabra y la idea. La convergencia que se da en las imágenes, entre la búsqueda estética, la belleza, el sentimiento, la sensibilidad, pero también el interés del científico, del biólogo, de un taxonomista que está diseccionando lo que tiene ante sus ojos; ese punto de unión entre la belleza y el conocimiento, es lo que motiva la búsqueda de Vallhonrat con el objetivo de catalogar lo maravilloso, lo aleatorio, lo heteróclito, la suerte y el azar, lo anormal y lo normal y, de este modo, crear una sensación de orden dentro del aparente desorden del mundo, dotando de nomenclaturas y definiciones todo aquello que, en una nueva y curiosa superposición, escapa a la realidad a la que interpela.

 

Vallhonrat opta por incluir en cada una de las fotografías finales, camuflados, los nombres científicos de diferentes especies entomológicas habituales de los bosques mallorquines, sobre todo coleópteros, lepidópteros y arácnidos, muchos de ellos endémicos de fincas tan concretas y vinculadas al Archiduque como Miramar o Son Marroig. Nomenclaturas escritas con una gráfica académica de pequeño tamaño, ocultas entre las tramas vegetales que dominan las imágenes y teñidas del color del fondo sobre el que se sitúan. Esta acción de camuflaje de unos nombres que no podemos observar fácilmente, contribuye a propiciar un ritmo reposado en la mirada del espectador que, en esa progresión visual a la que es invitado, está entregándose a un tiempo lento, a un modo de conocimiento que resuena en la propia dimensión de investigación del proyecto. Para conseguir el nivel de complejidad y de tensión visual que el artista deseaba, ha empleado también otros recursos: las veinte imágenes de gran formato proponen al espectador un primer acercamiento abstracto a través de una trama que cubre todo el espacio de la imagen a la vez que muestra fragmentos de alta densidad vegetal, pero poco a poco podemos descubrir multitud de pequeños detalles propios del bosque, en un recorrido que, a la corta distancia que propicia el tamaño de las fotografías, fuerza a que la contemplación sea un gesto, un acercamiento físico a la obra. Entre estas marañas de plantas, y de manera más o menos velada, podemos descubrir también aperturas hacia fragmentos de paisaje o hacia masas vegetales luminosas y lejanas, que tratan de generar, primero asombro y, luego, esperanza.

 

– la Magia –

 

¡Señor, si no veis más que vida en torno! Donde fijáis vuestra mirada divisáis ramas estremecidas, troncos recios, verdor; donde fijáis vuestro pie dobláis hierbas que después procuran reincorporarse con el apocado esfuerzo doloroso de hombrecillos desriñonados; donde llevéis vuestra presencia habrá un sobresalto más o menos perceptible de seres que huyen entre el follaje, de alimañas que se refugian en el tojal, de insectos que se deslizan entre vuestros zapatos[30]

 

Una de las cuestiones más inquietantes de este proyecto es la interesante simbiosis que alcanza Vallhonrat entre dos ámbitos de conocimiento y de experiencia tan diferentes como el de la ciencia y el de la magia. Con el punto de conexión de aquel ilusionismo científico que manifestaban, entre otros, los pioneros de la óptica, los fotógrafos premonitores de la imagen estereoscópica, de la cámara oscura, de las máquinas e inventos que contribuyeron a la nueva visualidad de finales del XIX, combinado con los gráficos y las ilustraciones de los estudios anatómicos, de la percepción ocular, de los esquemas de las cadenas alimenticias, de los recursos y pictogramas del mundo del montañismo, y acompañados siempre por un singular personaje mezcla de sabio, aventurero, mago, escalador y descubridor que nos hace de guía por esta Senda; con todo ello se nos aporta un registro de lectura más que restaura el orden en el caos a partir del conocimiento y de la imaginación, generando diferentes opciones y con la voluntad firme de infundir esperanza.

 

El viajero ideal para recorrer este itinerario es aquél que no cree haber visto, oído, hecho o sabido todo, el que busca nuevos paisajes, el que mantiene intacta su capacidad de fascinarse, de maravillarse, el que no se cree omnipotente, el que posee la suficiente candidez para asombrarse y el que no conoce los pudores, los tabúes, que impiden demostrar su asombro. Algunos pocos conservan esa cualidad tan singular, ese ánimo de buscar sin apenas prejuicios y de vivir lo que se ha hallado sin las contaminaciones que impone gran parte de la envilecedora cultura de masas, mientras van manteniendo la intuición suficiente como para percibir que en lo básico, en lo natural, en lo primero, es donde reside nuestra verdadera esencia y la genuina capacidad de vivir, sentir y emocionarnos. Vallhonrat nos indica el camino con sus fotografías de científico apasionado, pero también con sus dibujos de naturalista esotérico, con sus creaciones de ilusionista sabio y con sus trazos de ermitaño en su cueva que, con agua, miga de pan y carbón vegetal, nos enseña un refugio en el que guarecernos, una casa en la que habitar.

 

El trayecto siempre se compone de conocimiento y de azar, y allí donde llegamos en nuestro discurrir, había multitud de árboles, árboles que cobijan, esconden, unen y separan; y perdidos de todos y hallados de nosotros mismos, empezamos a buscar un paraíso tan cercano, una utopía no tan nueva, que, al principio, nos costó darnos cuenta que ya estábamos en ella[31]. El árbol en el bosque y el bosque en una isla. Las raíces bien agarradas y ramas en todas direcciones; de la tierra brotan hierbas y las primeras flores, aquellas que, entre pocas luces y alguna penumbra, surgen tras los fríos formando pequeñas constelaciones iluminadas por una luz crepuscular, puntual, que las hace atractivas e inquietantes. Las plantas suelen crecer hacia el cielo, pero nunca son completamente iguales. El ingenuo dispuesto a fascinarse tiene todo el bosque por delante, cada brizna de hierba, pétalo curvo o rama retorcida a su manera, se convierten en parte de la maravilla. El paisaje y sus moradores se constituyen en protagonistas gracias a ese interés por lo oculto, por lo desconocido, por lo que no es evidente, por lo que subyace, por lo que se yuxtapone, por lo que escapa a nuestra comprensión, a nuestro alcance, pero desde la cercanía, desde la proximidad, desde lo que nos rodea y nos había pasado inadvertido, desde la emoción y la magia.

 

– y la Memoria –

 

Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo[32]

 

Solemos recordar aquellos lugares donde alguna vez estuvimos y sólo olvidamos las cosas que en algún momento conocimos, el cambio constante al que andamos sometidos fomenta el extravío pero también estimula las ganas de conocer y de reconocer. El explorador de tiempos y espacios va coleccionando paisajes, piedras e insectos, va buscando, encontrando y clasificando, recupera lo que ya no existe, lo que no recordamos, lo que no está escrito ni fotografiado y lo hace con la mirada sensible de un hombre actual armado con su peculiar cámara, un dispositivo capaz de percibir las diversas pátinas que el tiempo va acumulando sobre todo aquello que nos rodea, capaz de sentir las diferentes capas de experiencia y de conocimiento. Un amante interesado que va recogiendo las señales y las va ensamblando con la memoria prodigiosa del entomólogo y la ayuda inestimable de su inseparable cuaderno, que reconstruye minuciosamente el sitio de donde viene, donde está y hacia el que va, con la estética de un paisajista contemporáneo, la paciencia del botánico y la intensidad del taxonomista, se sobrecoge y nos sobrecoge, nos hace sentir que hay algo inquietante, nos deja claro que, para el viajero actual, no hay nada más trascendente que la propia naturaleza[33].

 

En la idea de vincular la experiencia a la memoria como registro de esa propia experiencia, resulta muy acertada la forma elegida por Javier Vallhonrat para hacerlo, no sólo mediante las veinte imágenes que conforman el discurso principal de este proyecto y la infinidad de dibujos y notas que acompañaron su investigación, sino también por incluir soportes que explican su desarrollo en el tiempo, como la pieza videográfica que integra, en el entorno de la Serra de Tramuntana, la propia realización de “La Senda y la Trama”, o como este cuaderno de viaje que aquí nos ocupa, un libro que recoge un conjunto de documentos heterogéneos -fotografías, imágenes, dibujos, bocetos, escritos- que expresan la complejidad de líneas argumentales e intereses que en esta propuesta se convocan. El Archiduque no sólo tenía una indudable vocación por saber sino también por fijar el conocimiento y la experiencia en libros que sirvieran de memoria de lo conocido y de lo vivido; el planteamiento de Vallhonrat también tiene ese punto de conexión, esa intención de recoger su investigación en una publicación, en este cuaderno de naturalista que plasma las ideas que van surgiendo en esa experiencia que es el propio proyecto. Una reconstrucción in situ, pero también realizada de memoria, de los mapas de los lugares transitados, de sus sentimientos e itinerarios, incorporando un recuerdo conectado con las acciones, las emociones y los caminos de esta historia sin inicio ni final.

 

[1] Heráclito, “Sobre la naturaleza. Doxografía y fragmentos”, Revista de Filosofía, Universidad de Costa Rica, San José, Vol. XIV, N. 39, julio, 1976, p. 41

[2] El jardín de senderos que se bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts’ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esta trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. Jorge Luis Borges, “El jardín de senderos que se bifurcan”, Narraciones, Salvat Editores, Barcelona, 1982 (1ªed. 1944), p. 109

[3] Caspar David Friedrich, Der Wanderer ubre dem Nebelmeer, óleo sobre lienzo, 74’8 x 94’8 cm, 1818. [Hamburger Kunsthalle]

[4] Caspar David Friedrich, Mönch am Meer, óleo sobre lienzo, 110 x 171’5 cm, 1808-1810. [Nationalgalerie. Staatliche Museen zu Berlin]

[5] Caspar David Friedrich, Kreidefelsen auf Rügen, óleo sobre lienzo, 90’5 x 71 cm, 1818. [Museum Oskar Reinhart. Winterthur]

[6] En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]. Heráclito, op. cit., 1976, p. 41

[7] Al final, para un hombre de mundo, es muy exótico volver a casa. Enrique Bunbury y Nacho Vegas, “Látex”, El tiempo de las cerezas, Emi Music Spain, España, 2006

[8] Para la gente atosigada de imágenes es muy probable que las puestas de sol luzcan vulgares; ahora se parecen demasiado a fotografías. Susan Sontag, Sobre la fotografía, Edhasa, Barcelona, 1996, p. 95

[9] Javier Vallhonrat, La Senda y la Trama, Institut d’Estudis Baleàrics, vídeo, 8’30’’, 2014. [4’13’’]

[10] Javier Vallhonrat, op. cit., 2014. [4’26’’]

[11] Javier Vallhonrat, op. cit., 2014. [5’09’’]

[12] Javier Vallhonrat, op. cit., 2014. [5’29’’]

[13] Javier Vallhonrat recupera la experiencia del paisaje romántico reconstruyendo su imagen como tensión entre el orden que impone la ingeniería y el caos fantástico de las formas de la naturaleza. La ingeniería modela el paisaje natural entre el exceso y el control. De un modo paralelo la fotografía construye sus propias representaciones. Las imágenes tienden a proyectar y a subrayar lo inverosímil en un paisaje más ligado en nuestros registros perceptivos a lo fantástico que a la normalidad real. Quizás precisamente por eso adquieren el carácter de visiones posibles, de imágenes que se sitúan entre la subjetividad y la objetividad, diluyendo esos límites en fluidas tensiones narrativas. Santiago B. Olmo, “Ingenierias (visuales) de la representación”, Javier Vallhonrat. Obras 1995 – 2001, Sala Amós Salvador, Cultural Rioja, Logroño, 2001, p. 18-9

[14] Roland Barthes, “Tales”, La Torre Eiffel, Paidós, Barcelona, 2001, p. 141

[15] Con motivo de la inauguración de la sede del Colegio de Arquitectos de Barcelona con una decoración  diseñada por Pablo Picasso, Salvador Dalí comenta: Las líneas de los dibujos de Picasso son gusanos de los que denominan  los naturalistas planaires lugubres, una de las formas biológicas más elementales. Son filiformes, aplastados y tienen la propiedad de que si se les corta la cabeza, a las cuarenta y ocho horas les vuelve a crecer. Picasso ha adivinado, con su poderoso instinto, lo que en estas formas elementales hay de imagen viva de la eternidad. Por eso, alucinado como se encuentra con la idea de morir, las utiliza continuamente en sus dibujos. Publicado originalmente en El Noticiero Universal, Barcelona, España, 17 de mayo de 1963, y recogido en Rafael Santos Torroella, La trágica vida de Salvador Dalí y otras indagaciones dalinianas, Parsifal Ediciones, Barcelona, España, 1995, p. 47-8

[16] Llegar allí es tu meta./ Mas no apresures el viaje./ Mejor que se extienda largos años;/ y en tu vejez arribes a la isla/ con cuanto hayas ganado en el camino,/ sin esperar que Itaca te enriquezca. Konstantinos Kavafis, “Itaca”, Poesías Completas, Hiperión, Madrid, 1997, p. 46

[17] Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, Ediciones Cátedra, Madrid, 1991 (1ªed. 1967), p. 79

[18] En el Estado videocrático, con su política histerizada por las imágenes, el ciudadano, completamente desubicado, termina por fijarse en cualquier parida. Fernando Castro Flórez, “La tentación virtual”, ABC D las artes y las letras, ABC, Madrid, 22 de septiembre de 2007, p.5

[19] No pienso de la misma forma que solía pensar. Mi mente espera ahora absorber información de la manera en que la distribuye la Web: en un flujo veloz de partículas. En el pasado fui un buzo en un mar de palabras. Ahora me deslizo por la superficie como un tipo sobre una moto acuática. Nicholas Carr, Superficiales ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, Taurus, Madrid, 2011

[20] Jorge Luis Borges, “El Aleph”, Narraciones, Salvat Editores, Barcelona, 1982 (1ªed. 1944), p. 71

[21] Lo que está siendo efectivamente globalizado es el tiempo. Ahora todo sucede dentro de la perspectiva del tiempo real: de hoy en adelante estamos pensados para vivir en un sistema de tiempo único. Por primera vez la historia va a revelarse dentro de un sistema de tiempo único: el tiempo global. Hasta ahora la historia ha tenido lugar dentro de tiempos locales, estructuras locales, regiones y naciones. Pero ahora, en cierto modo, la globalización y la virtualización están inaugurando un tiempo universal que prefigura una nueva forma de tiranía. Paul Virilio, “Velocidad e información. ¡Alarma en el ciberespacio!”, Le monde diplomatique, París, agosto, 1995

[22] Thomas Struth, New Pictures From Paradise, Universidad de Salamanca, Salamanca, 2002

[23] Aquel cuadro levantó una ola de admiración y de discusiones, ya que mientras unos pretendían que era un efecto natural reproducido maravillosamente, otros sostenían que era puramente fantástico, y que la naturaleza no producía nunca efectos semejantes. Julio Verne, El rayo verde, Ediciones Orbis, Barcelona, 1986, p. 188

[24] Fernando Sinaga, Agua Amarga, Fundació Pilar i Joan Miró, Palma, 1996, p. 104

[25] Así podemos oponer las realidades del tránsito (los campos de tránsito o los pasajeros en tránsito) a las de residencia o la vivencia, las intersecciones de distintos niveles (donde no se cruza) o los cruces de ruta (donde se cruza), el pasajero (que define su destino) al viajero (que vaga por el camino) […] la comunicación (sus códigos, sus imágenes, sus estrategias) a la lengua (que se habla). Marc Augé, Los “no lugares”. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad, Gedisa, Barcelona, 1993, p. 110-1

[26] El viaje como antítesis del turismo, espacio más que tiempo. Un proyecto de arte: la construcción de un “mapa” que mantenga una escala 1:1 con el “territorio” explorado. Un proyecto político: la construcción de “zonas autónomas” cambiantes dentro de una red nomádica invisible (como los Rainbow Gatherings). Un proyecto espiritual: la creación o el descubrimiento de formas de peregrinación en las que el concepto “templo” ha sido reemplazado (o esoterizado) por el concepto de “experiencia punta”. Hakin Bey, T.A.Z. Zona Temporalmente Autónoma, Talasa, Madrid, 1996, p. 115

[27] Mark Rothko. La realidad del artista, Editorial Síntesis, Madrid, 2004, p. 63

[28] Ileana Pintilie, Stefan Bertalan. Drumuri la rascruce, Fundatia Triade, Timisoara, 2010

[29] Yüksel Arslan, Artures, Hatje Cantz, Ostfildern, 2012

[30] Wenceslao Fernández Flórez, El bosque animado, Anaya, Madrid, 1986, p. 7

[31] La utopía, entonces, no se dirige a la realidad pervertida para tratar de cambiarla, si no a los hombres pervertidos que no quieren o no pueden cambiar, y que por ello mismo se hacen responsables de una realidad cuya perversión ni siquiera intentan mejora. Arnhem Neusüss, Utopía, Barral Editores, Barcelona, 1971, p. 34

[32] Jorge Luis Borges, “Funes el memorioso”, Narraciones, Salvat Editores, Barcelona, 1982 (1ªed. 1944), p. 118

[33] El narrador toma lo que narra de la experiencia; la suya propia o la transmitida. Y la torna a su vez en experiencia de aquellos que escuchan su historia. Walter Benjamín, “El narrador”, Para una crítica de la violencia y otros ensayos, Taurus, 1991